XI
Una cuadrilla preparaba la gigantesca lona que mandara apañar maese Mateo, la enhebraban con una cuerda por lazadas que había cosido la mujer del asturiano. La preparaban para tensarla entre dos puntales de los andamios.
Juanchón pasó junto a ellos como un caballo desbocado. Llevaba prisa, llevaba prisa y al viejo.
Juanchón cargaba en sus brazos con aquella poca cosa en la que se había quedado el xebo Gundisalvo, consumido por los años, extenuado por el último mes de trabajo.
Costaba creer que aquella poca cosa que se contorsionaba en sus brazos hubiera sido, cuarenta años atrás, el pendenciero que había destripado a un pisaverde a las puertas de la mancebía de la Juana.
—Aguanta viejo, por la Virgen, aguanta —resollaba Juanchón.
Y Gundisalvo tenía las mejillas hundidas en su boca desdentada, los labios desaparecidos, y rebotaba contra el pecho del antiguo esportillero.
El xebo cerraba los ojos con tanta fuerza que enredaba las arrugas de su rostro y su mano, huesuda, manchada por la edad, agarraba la túnica y hacía un gurruño con la tela basta, sobre el costillar escuálido, encima del viejo corazón.
Juanchón miró atrás.
No venía nadie más. Apenas había unos pocos por las calles de Compostela, e iban en sentido contrario, hacia la Trinidad.
Pero tras Juanchón no venía nadie. Ni siquiera él.
—¡¿Maese?! —había gritado Juanchón.
Y Mateo no había hecho caso, la cabeza de Daniel estaba ya en su sitio, con aquella sonrisa a la que bastaba mirar para alegrarse el día. Pero aún faltaba mucho por hacer.
—¡¿Maese?! —había vuelto a gritar, arrodillado junto al viejo, asustado.
Pero Mateo no les había dedicado más que un reojo. Había mucho que hacer aún. Pronto amanecería, pronto llegaría el cortejo.
Ni siquiera se acercó.
—¡Sácalo de aquí!
Una orden más, con el ceño apretado, un grito urgente. Con prisa. Como si no fuera importante. Atento al pórtico, a las órdenes. Riñendo a los borgoñones. Pidiendo que espesaran el mortero.
Juanchón no se movió.
A Juanchón le dolía Mateo. A Juanchón le dolía el viejo.
—Escorre! ¡Aprisa!
Juanchón lo cogió en brazos, no pesaba nada, y se lo llevó. Al único sitio que conocía, a Antealtares.
Mateo ordenaba. Mandaba desmantelar un andamio, preparar los puntales para la lona. No lo vio dar el primer paso.
Ni el segundo.
Con el tercero empezó a trotar.
Luego a correr.
—Xilón?
En sus brazos, Gundisalvo llamaba. Apenas un gemido. La voz transida de dolor, arañando labios apretados.
—Xilón?
—Aguanta, viejo —le corrían lágrimas por las mejillas, extrañas en aquel tipo grandote, como si los bigardos no pudieran llorar—, por la Santa Madre de Dios, aguanta, ya llegamos.
Corría hacia Antealtares, a ver al despensero, que apañaba un dedo espachurrado entre bloques, que aliviaba las ampollas de los sogueros y las quemaduras de los que mataban la cal.
El viejo no escuchaba.
Gemía, se retorcía de dolor, y se le escaparon dos de aquellos largos cuescos que abonaban sus ciruelas.
—Xilón?
Sin dejar de correr, Juanchón volvió a mirar atrás.
La noche se deshacía, el amanecer se anunciaba por encima de las murallas. Y la luz, tierna, iluminaba a los más madrugadores.
Llegaban.
El carretón de un abacero, de un abacero somnoliento que llevaba en la mano el ronzal de un mulo, avanzaba hacia la Trinidad y, tras ellos, quedaba el dulce olor de buñuelos de miel.
Y vestidos con vivos colores, entre risas, dando brincos, con rostros ajados por el camino y las funciones, pero alegres, unos volatineros. Uno de ellos con un crío subido a los hombros, otro con una correa a la que iba atada una cabra que rumiaba corteza de abedul.
Llegaban.
La gente llegaba. Juanchón se iba.
Al pie del pórtico, Mateo no se movió.