IX
Le dieron vueltas y revueltas. No hizo falta pedir más vino, apenas bebieron, pero siguieron hablando, intentando encajar las piezas sueltas que el Cuatrohostias había encontrado.
—Yo no entiendo un carajo de caravanas moras —soltó Ruy Ansúrez exasperado—, ¡cagüen las putas de Constantinopla! Ni zorra idea. Lo que sé es que ese mierdas está siempre en medio, ha tenido que ser él...
—No —terció Gatón—, es inocente.
—¡Mis cojones!
Y hablaron.
Hablaron hasta que un mozuelo empezó a recoger las sillas después de pasar un trapo por las mesas.
Junto a los toneles, como un perrillo, Antolín recibió dos palmadas en el cogote y unas monedas en la mano que no era dueña de la cachiporra. Entonces Lambra les ofreció un trato.
—O apoquináis la noche u os largáis con viento fresco, que los gallos ya cantan.
Ya no quedaba nadie. A no ser los que habían pagado por quedarse en las habitaciones. Y alguno de ellos aún tenía ánimos para seguir la juerga, entre los ronquidos de la planta alta se colaban gemidos, y gruñidos.
El Cuatrohostias no dejó de mirar a Gatón, pero soltó la bolsa que llevaba al cinto y la lanzó.
—Quédate con lo que quieras —gruñó.
No habían terminado.
Al Cuatrohostias le quedaba una pregunta, una pregunta que quemaba, como recién salida del horno. Y no quería hacerla, temía la respuesta.
Hubiera dado la otra oreja por no tener que hacerla. No le gustaba equivocarse. Su solución era mucho más sencilla, y más lógica. Pero no podía negar lo que sabía.
Tuvo que arrancar las palabras de la lengua, como espinas. Pero hizo la pregunta.
—¿Y maese Verrondo?