Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
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VIII

—No cuadra, es imposible. Algo no cuadra.

El susto de ver al Cuatrohostias había pasado. La borrachera también. Lo que acababa de escuchar había funcionado mejor que un balde de agua fría.

—No cuadra —repitió Gatón.

Y el mensaje caló, porque el Cuatrohostias dio un puñetazo en la mesa que puso a bailar la jarra y los vasos.

—¡Cagüen los minaretes de Córdoba y en las rameras de Granada!

Lambra se acercó, sonriendo, sembrando cumplidos entre los clientes, asegurando a todo el que pudo que no había problemas. Tras ella, Antolín había descruzado los brazos y se había llevado la mano a la cachiporra del cinto, conocida por los asiduos como Cierrabocas.

—Cariño, vamos a tener la fiesta en paz —ordenó Lambra—, o tengo que subir a ver a la prenda de la Gurriata, creo que ya sabes de quién es la favorita.

No hacían falta más explicaciones.

El Cuatrohostias asintió. Tomó uno de los vasos de la mesa y lo alzó en un brindis que nadie correspondió.

Podía haber comentado que, si lo que aventaba era cierto, a lo mejor la Gurriata se quedaría pronto sin cliente habitual, pero Ruy abrió la bolsa y dejó dos piezas en la mesa. Una generosa propina a una jarra que ya se había pagado.

—Aquí no hay más que cristianos hablando de la Providencia —dijo mientras Lambra recogía los dineros—, nada de qué preocuparse.

Aún pasó un credo completo antes de que los dejara estar. Y otro credo completo necesitó Antolín para echarse atrás y volver a cruzar los brazos junto a los toneles.

No hacían falta más explicaciones, al menos de la dueña del local, pero sí de Gatón.

—Por tus muertos —volvió a la carga el Cuatrohostias—, echa bien los números, ¡no tientes al demonio!, ¿estás seguro?

Gatón se sirvió en el vaso vacío y, cuando se lo llevaba a los labios, decidió rendirlo. Incluso lo apartó hacia el centro de la mesa, como si en lugar de buen vino, aunque a precio disparatado, aquello fuera veneno.

—Oh, Dios mío...

No le contestó al capitán. Gatón acababa de caer en la cuenta de algo. Sus ojos dieron un brinco, y se envaró tan seco que su espalda escupió un crujido de huesos.

—Estaba equivocado...

Se llevó las manos a la cabeza. Y el antiguo boyero continuó parloteando, como ido, con los labios apretados entre las palmas.

—¿Qué he hecho? —lamentó lastimoso.

El Cuatrohostias tenía la paciencia más corta que el buen talante.

—Ya te confesarás luego, ¡déjate de hostias! Ahora dime a quién cojones tengo que encontrar para cortarle los huevos, ¿A dónde tiro? Porque esto es un embrollo del carajo. Arriba es abajo y abajo es arriba, cagüen las cuarenta vírgenes.

Pero Gatón no escuchaba.

—Si es cierto lo de Ourense...

Alzó el rostro. Le brillaban las mejillas, y no sudaba.

—Si es cierto —repitió Gatón—, entonces... ¡Oh, Dios! Yo creía... Estaba convencido...

—Cagüen en la aljuba llena de meos del profeta. ¡Arre o so! Arranca de una vez, ¿quién cojones puede estar detrás de esta mierda? Tú tienes que saberlo.

Pero Gatón seguía perdido en sus remordimientos.

—Es inocente, Mateo es inocente.