Suseia (Camino de Santiago 2) VII
58%

VII

No hacía falta imaginación.

En la planta alta estaban las habitaciones, que servían para lo que servían.

Y la planta baja no era distinta a cualquier otra taberna, se podía beber algo, comer si terciaba y echar un vistazo a las muchachas, que hacían de posaderas con generosos escotes y, de tanto en tanto, se dejaban pellizcar o se inclinaban más de la cuenta para abandonar una jarra de vino en la mesa.

O de sidra si la bolsa era escasa.

—Si la lías, cariño, no vuelves a entrar. Aunque traigas el tesoro que el Cid le robó a los moros de Polop, ¿está claro? Sin gritos y sin sopapos.

Sin temor al capitán, eso había dicho Lambra antes de abrir la puerta y dejar pasar al Cuatrohostias.

Y el Cuatrohostias había asentido con resignación.

A la mancebía de la Juana no se le podían apretar los clavos.

Y no por aquel bestia de Antolín, capaz de tumbar a un ternero de un sopapo, sino porque, con seguridad, en alguna de las habitaciones estaría alguno de los miembros del cabildo.

Los rumores decían que, en la trasera, tras dos toneles de vino que Lambra se hacía traer de Toro, había incluso una puerta por donde entraban y salían los que vestían hábito.

Y el cabildo era quien pagaba el sueldo del Cuatrohostias. Y por el cabildo estaba allí. Tenía que cotejar lo averiguado. Porque lo averiguado le había dejado las tripas como una diarrea galopante.

Veinte años podían volverse en su contra, incluso dejarlo sin trabajo.

Ahora, ahogado en el incienso con el que Lambra espantaba el tufo a entrepierna sobada y a borrachera, el Cuatrohostias estaba sentado a una de las mesas cuando una rubia pizpireta trajo al tal Gatón de la mano.

Tuvieron que sortear a la clientela, más que abundante. La anunciada llegada del cortejo fúnebre había traído a muchos visitantes a Compostela y, pese a lo funesto de la ocasión, los apetitos no se refrenaban.

Cuando el rey se movía, era como un carnicero con una ristra de salchichas, le seguían los perros.

Había allí soldados del rey, ricachones de los que pululaban por la corte a la espera de pellizco, e incluso algún noble, heredero de los que se habían unido a la Hermandad que a punto estuviera de linchar al obispo Gelmírez.

Al Cuatrohostias le pareció incluso reconocer al padre de aquel nuevo recluta que tenía, del que no recordaba el nombre, el que calzaba menos sesos que un cagajón.

Por detrás de dos tipos de alcurnia, con las manos llenas de anillos, de anillos y de los generosos pechos de las muchachas que les susurraban zalamerías para que pidiesen más vino de la casa, apareció el antiguo boyero con la rubia pizpireta. Y, al ver quién lo aguardaba, abrió mucho los ojos.

Ojos vidriosos y enrojecidos, de quien ha bebido demasiado y lleva más de un día haciéndolo.

Desde lo sucedido en la cantera, Gatón había intentado que la combinación de sidra y muslos le perdonase los pecados, pero, como solía suceder, no funcionaba.

Con aquellos ojos llenos de culpa, el antiguo boyero miró a sus espaldas.

Debió pensar en aquella puerta trasera. Pero recapacitó pronto.

Si el Cuatrohostias lo había encontrado allí, lo encontraría también en cualquier otro lugar.

Además, aquel gigante de Antolín, con los brazos cruzados sobre el enorme pecho, hacía guardia frente a los toneles de vino.

—Te juro...

La boca pastosa no ayudó, y Gatón tuvo que volver a empezar.

—Te juro por lo más sagrado que pensé que había sido él —soltó como si vomitase—, ¡tenía motivos! Por más que me pese...

El Cuatrohostias lo dejó hervir en su jugo durante un rato. Ni siquiera escuchó los desvaríos y las disculpas. Lo quería así, nervioso, sin saber a qué atenerse.

Hasta que creyó que estaba maduro.

—¡Sienta, cojones! No te voy a morder.