Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Buena parte de lo que hacía el Cuatrohostias radicaba en conocer los tugurios de la ciudad.

Incluso los del alfoz, más de una vez se había emborrachado en la que fuera la taberna del Rano, en manos ahora de un aragonés cabezón que, aupado en la fama, seguía sirviendo ancas de rana fritas a todo aquel que tuviera estómago para aguantar el sabor de la grasa rancia.

Y la mancebía de la Juana era una institución en Compostela. Para algunos más relevante que la misma catedral.

El Cuatrohostias conocía bien el local, como cliente y como capitán de los hombres del arzobispo.

Más de una vez había sacado de allí a algún desgraciado con los calzones por las rodillas.

Y durante más de veinte años había intentado sacar de allí a Lambra que, una y otra vez, lo había mandado a darse un paseo por la frontera con los moros.

En tiempos, cuarenta años atrás, aún bajo la sombra del obispo Gelmírez, la Juana había tenido buen ojo. Su negocio había florecido junto a las mesas de los cambistas, a un lado de la Rúa Maior, no lejos de tres de las puertas más transitadas de las murallas de Compostela.

Era un lugar perfecto para los peregrinos que llegaban con los ayunos del camino, y también para los mercaderes ricos que hacían negocios. Además, estaba cerca de la catedral y del palacio episcopal.

Ni cuarenta años atrás ni hoy le faltaban clientes, de uno u otro color.

La puerta, sobre la que no había cartel, porque no hacía maldita la falta, la abrió Lambra, que ya peinaba canas en la trenza y de quien se decía que era hija de la Juana, aunque ella ni lo desmentía ni lo confirmaba.

Tenía una sonrisa cansada, de promesa cumplida que salió mal.

La sonrisa de una mujer que conoce la estupidez de los hombres y sus braguetas.

Una sonrisa que había hecho enloquecer a príncipes y a obispos.

Aún corría el rumor de que Godesteiz, el que había tenido la cátedra antes de Suero de Deza, le había ofrecido abandonar los hábitos y casarse como buen cristiano.

Los veinte años no le habían robado un ápice de su belleza, sólo la habían hecho madurar.

Había sido hermosa, seguía siendo hermosa. Una belleza fría, norteña, que, sin embargo, prometía el calor de la pasión.

—¿A por vino dulce o a salar la carne?

Apoyada en la puerta, recortada contra la luz que salía de su negocio, alta, imponente, con pecho generoso, se mostraba, como siempre, dueña del suelo que pisaba.

El Cuatrohostias se sintió, por un momento, tentado. Tenía negocios de los que ocuparse, pero no pudo evitarlo. Tuvo que intentarlo una vez más.

—Si me lo pides —y los ojos del Cuatrohostias, como siempre, brillaron como sólo lo habían hecho al escapar de la cija de su familia en la ribera del Guadiana, ardiendo y sembrada con tres moros degollados—, abandonamos los dos el negocio y nos arreglamos juntos.

Ella sonrió, radiante, como si jamás hubiera escuchado una propuesta semejante.

—Cariño, en cuanto te crezca de nuevo la oreja...

La sonrisa, tan bella e inquietante como asomarse a un precipicio, no vaciló. Y la pausa marcó las intenciones.

—Se me va a escapar el gato —chistó Lambra—, ¿vienes a quedarte o a llevarte? Porque si es lo segundo, ya le digo yo a Antolín que se encargue.

El tal Antolín era una mala bestia de diez piedras de peso y dos varas de alto, un navarro con manos como palas y las cejas muy juntas. El perro guardián de Lambra.

El Cuatrohostias no contestó, se había perdido por un instante en la comisura de los labios de Lambra, había allí un lunar dedicado al funambulismo y, sin poder evitarlo, se tocaba el terrible muñón de la oreja.

Si alguien conseguía que al Cuatrohostias se le encogieran los huevos, ésa era Lambra.

Y Lambra insistió.

—Hoy hay mucho trajín —explicó satisfecha—. Así que, si vienes a llevarte a alguien, ya te saco yo al que se te antoje —añadió seria, en un tono que no admitía réplica—. No voy a dejar que me soliviantes a la clientela. Le das mala reputación al negocio...

El Cuatrohostias intentó recomponerse. Cambió el peso de un pie al otro, y sacó pecho.

—No jodas, no imaginaba que te preocupase la reputación de esta santa casa.

—Cariño, sigue siendo mejor que la tuya, ¿qué antojo tienes hoy? Ha llegado una morita con el culo prieto como un albaricoque...

El Cuatrohostias miró con descaro. Recorrió cada uno de los pliegues del buen vestido.

—Prefiero a las cristianas que saben llevar su propio negocio...

Tenía asuntos urgentes, pero Ruy no podía evitarlo. Lambra conseguía que se le olvidase la mala hostia, incluso de los veinte dichosos años.

Tuvo que hacer un esfuerzo para centrarse. Incluso sacudió la cabeza, como si acabase de salir del río.

—Lleva unos cuantos días aquí —dijo el Cuatrohostias al fin, decidido a meterse en harina—, arrimándole ascuas a la sardina.

Lambra volvió a compartir una de aquellas sonrisas por las que todos los hijosdalgo de Compostela habían perdido buena parte de sus herencias.

—Cariño, de ésos hay muchos por aquí. Hay quien piensa que entre las piernas de mis muchachas se esconde el Santo Grial.

El Cuatrohostias asintió.

—Hay mucho imbécil de los cojones suelto.

Y, con una última mirada, con una pizca de lujuria refrenada, fue al grano.

—Busco a un tal Gatón.