V
Ruy Ansúrez, el Cuatrohostias, ya no estornudaba.
—Un alivio de cojones —decía.
Pero aún sentía la garganta como si la hubiera arañado un gato al que acabasen de cortar el rabo con una cizalla. Y por algún recoveco del cogote aún le quedaba un pellizco de fiebre.
Aunque hubiera continuado a gatas y arrastrando las tripas. El Cuatrohostias tenía algo de perro perdiguero, no abandonaba un rastro cuando lo aventaba. Menos aún si el rastro tenía veinte años.
Estornudando o sin estornudar, no iba a soltar aquel hueso. Menos después de lo escuchado.
Había estado preguntando, a veces por las buenas, a veces por las malas, y había conseguido ponerse de muy mala baba. Porque aquel rastro olía cada vez más a podrido.
No le costó dar con el tipo al que buscaba. Bastaron unas cuantas indirectas por las esquinas de los callejones.
Había que tener redaños para no responderle al Cuatrohostias.
Averiguó lo que quería antes de que se le cansase la derecha, que era la que repartía justicia.
Aún estarían los frades de Antealtares con las lecturas de completas cuando el Cuatrohostias volvió a entrar en la ciudad por la Puerta del Camino, después de haberse pateado el barrio de los tapiceros y encontrar a un arriero que descargaba el último fardo de lana merina de su carro.
El tipo llevaba toda la vida camino arriba y camino abajo, conocía su oficio, él le dio a Ruy Ansúrez las razones que buscaba.
No tenía más que darse un pequeño paseo.