Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

Ardía. La catedral de Compostela ardía.

Visto desde la explanada de la Trinidad, el pórtico ardía. O parecía arder.

Las sombras bailaban. Las barbillas de los santos se movían, sus ojos se volvían para mirar, los apóstoles parecían a punto de levantar la mano para dar una bendición, el mismo Cristo semejaba a punto de alzarse e ir a buscar un balde de agua.

Parecía arder, pero no ardía.

Hachones, pebeteros, incluso fogatas. Hacía falta la luz. Había que terminar el trabajo. Había pasado un mes desde que los dinteles se colocaran y el plazo se había cumplido.

Afanosos, como hormigas, todos los arxinas pasaban la noche en vela. A la mañana siguiente expiraba el plazo.

La gloria o la ruina.

Maese Mateo gritaba indicaciones, Juanchón sostenía la soga él solo, con su inmensa fuerza, el asturiano hacía lo que podía, el Sinsombra ayudaba, y la cabeza del profeta Daniel, con una sonrisa que Mateo le había robado al recuerdo de su propio hijo, cuando era un niño y dibujaba,

cuando hacía volar gorriones...

La cabeza del profeta Daniel colgaba en el aire.

Esperaba a ser colocada en su lugar, a la siniestra de la arcada central, junto a Jeremías, Isaías y Moisés.

Toda Compostela dormía, la catedral era frenesí.

Llegaban tarde y Mateo gritaba. Chillaba órdenes para tres cuadrillas a la vez, porque, además de Daniel, aún faltaban los ángeles que portaban los tormentos de la Pasión.

Incluso la herrería funcionaba a todo trapo, hacían falta vástagos de hierro para conectar las piezas a la estructura, las cabezas a los cuerpos.

Mateo gritaba. Escupía órdenes. Señalaba. Iba de un lado a otro. No admitía réplicas.

El maese no perdonaba un solo error. Y las llamas hacían de su rostro una máscara donde la luz y la oscuridad jugaban a pillarse.

Luz y oscuridad. En un retrato imposible. Como sus ojos, uno de cada color.

Y aún faltaba la pieza del parteluz, aquel apóstol que había aguardado veinte años para terminarse. Aún estaba allí, al pie del pórtico, esperando a que lo alzasen para rematar la columna que sostenía los dinteles de la arcada central.

Cada una de las manos de Mateo señalaba.

Se llevaban la contraria. Una apuntaba a los justos en la derecha, otra a los hebreos fieles a la izquierda, desde ambos lados ambos ascenderían a la Gloria, en la arcada central, coronada por los ancianos, los ancianos del Apocalipsis,

que afinaban sus instrumentos bajo la tutela de los dos en el centro, sobre el parteluz, los dos que tocaban el organistro.

El viejo Gundisalvo se acercó renqueando con su bastón.

—Xilón —llamó preocupado.

Mateo gritó dos órdenes a la izquierda, una a la derecha. No escuchó al viejo.

—Xilón, ¡Mateo!

El maese no escuchaba. Dio dos pasos, se alejó, otra de las cuadrillas, subida a un andamio, remataba con punteros finos los encajes en las piezas que eran los pecadores y sus pecados, la lujuria, la glotonería, la ira.

La soberbia.

El viejo y su bastón lo siguieron.

—Alguien se va a desgraciar —suplicó Gundisalvo.

Pero Mateo no escuchaba.

—Hay que parar —insistió el xebo.

Y señaló con su bastón. En las cuadrillas se repartía el ansia, el miedo, y el cansancio. Los rostros, demacrados y ojerosos. Las manos temblorosas, las frentes cuajadas de sudor.

—¡Míralos! No pueden seguir.

Mateo no escuchaba. Gritaba más órdenes, volvía a la izquierda, allí había dos subidos a otro andamio, repasaban los capiteles por el lado interior, el de la nave principal.

Mateo no escuchaba.

—Xilón!! ¡¡¡Hay que parar!!!

Por fin reaccionó. Dejó una orden a medias y se volvió hacia el viejo Gundisalvo.

—Pararán cuando rematen.

Sus dos ojos, uno de cada color, fríos, como la helada que partía los bloques. Inexorables.

—Pararán cuando rematen —repitió Mateo.

Y, como una premonición, un cincel cayó desde lo alto de un andamio y se estrelló junto al maestro de obras con el clanc de una campanada.

Allá arriba, en el andamio, dos arxinas bostezaban y luchaban por mantener los ojos abiertos. Ni siquiera se habían dado cuenta de que uno de sus pies había empujado el hierro.

—Cuando rematen o cuando estén muertos.

Y no dijo el maese nada más, no al menos a Gundisalvo, que se quedó apoyado en su bastón con el rostro lleno de angustia.

El viejo cambió el bastón de mano, lo puso en la izquierda. Se inclinó aún más, y se llevó la derecha al brazo contrario, de golpe, como para espantar un moscardón. Se agarró la sangradura. Subió. Llegó hasta el hombro.

Se le escapó un quejido por su boca desdentada. La mandíbula hizo un extraño, y una ciruela rechupada se le cayó de entre los labios y dejó una mancha oscura en su pechera.

Sus dedos, viejos, hinchados por la reuma, apretaron el hombro.

Se le escapó otro gemido.

Juanchón lo recogió antes de que cayera. El bastón no pudo sujetarlo, se derrumbó y resonó en las piedras como lo había hecho el cincel.

Clanc. Clanc.

El viejo tenía las arrugas rotas por el dolor. La expresión descompuesta.

—Xebo?!

El vozarrón de Juanchón apenas se oyó en el caos de martillazos, en el rumor de las llamas, en el vocerío de las órdenes.

Estaban colocando por fin la cabeza de Daniel.

Mateo no se volvió.