III
Ambos jadeaban. El sudor perlaba sus frentes. El esfuerzo de la pieza les había robado el aliento. Habían llegado a la cima y necesitaban recuperarse.
Ahora que la música se había detenido, llegaban los gritos de los canteros, el repicar de los cinceles, pero hasta ese momento, para ellos dos, para aquel Gunrod que despertó entre las sombras, no había habido otra cosa que música.
Sólo aquella melodía.
Tenía la fuerza de una carga de caballería. De una tormenta azotando la costa.
Era amor carnal, sexo frenético. Rozaba la violación. Era besar con la dulzura de la miel después de haber arrancado la ropa a tirones. Era amarse entre mordiscos y arañazos.
Y las otras manos, las que no eran las del frade Zonio rozaron las teclas del mástil como hubieran acariciado los muslos desnudos de una mujer. Y ascendieron por ellas, como lo hubieran hecho buscando el secreto al final de esos muslos.
El frade comprendió.
—El Señor mismo te ha regalado ese don. En su sabiduría, el Altísimo te ha convertido en sus manos —afirmó Zonio embelesado—. Mañana tu padre comprenderá.
No hubo respuesta, sólo una vacilación de los dedos sobre aquellas teclas, deliciosamente labradas en la mejor madera de tilo. Teclas que besaban las cuerdas, las mordían. Las amaban.
—Todo el cortejo se rendirá a tus pies —aseguró Zonio—, pongo al Cristo resucitado por testigo. Ni han escuchado ni jamás volverán a escuchar algo semejante. Y tu padre comprenderá.
Le puso una mano en el hombro. Y Zonio percibió el temblor. Más que nunca, le pareció un niño.
Aquel chicuelo nervioso al que conoció con un puñado de dibujos en una mano y carboncillo en la otra.
Aquel chicuelo que se había saltado las clases de latín con el hermano Ferdinando y que escuchaba embelesado cómo practicaban los frades de Antealtares.
Por una vez en su vida, Zonio no parloteó como una comadre.
—Lo comprenderá.
Lo dijo con el corazón lleno de sinceridad. Convencido de que así sería. Hubiera pasado una ordalía para demostrarlo. Piedras calientes, agua fría. Lo que hiciera falta.
Zonio no comprendía aquel silencio, aquella mirada que caía al suelo, aquel dolor.
Como tampoco había comprendido el santo Pedro.
Por tres veces, Zonio había intentado convencer a aquel chiquillo con los dedos negros de carbón. Y el desasosiego no desaparecía. Como tampoco había desaparecido aquella otra madrugada, cuando el apóstol había negado tres veces al Señor.
Apretó el hombro, que ya no era el de un niño. Intentó infundirle ánimos.
Fue un susurro. Apenas audible. Como si necesitase afinar la voz antes de hablar. Pero no lo repitió. Lo dijo sólo una vez. Apenas un soplo de aire. Y se levantó.
—Mi padre ha muerto...
Se levantó y se fue. Atravesó el coro, se marchó, afuera, a la noche.
Y ante los ojos del frade ahora apareció la verdad. El coro, la catedral estaban sin terminar. Veinte años más.
Algún día.
La noche aún se colaba en el templo. Aún había mucho por hacer.
Y el chicuelo, que ya no era un chicuelo, se marchó sin otra palabra. Y no fue hacia las obras, con su barullo, con sus fogatas y sus hachones. No, el muchacho no quería saber nada de las obras, se alejó rodeando el altar mayor, la verja, hacia la puerta de los francos, la que se abría al norte.
No había vuelto a cruzar las obras.
El frade se levantó aprisa, sujetando con torpeza el organistro. Y lo llamó. No podía dejar que se marchase así, lleno de dolor. Tenía que detenerlo.
Y no pensó que se mentía a sí mismo.
Tenía que detenerlo. No porque necesitara aquel talento para dejar pasmados al rey y al cortejo fúnebre.
No porque aquel talento impresionaría al arzobispo.
Por supuesto que no. Se levantó, tropezó y lo llamó, porque le dolía.
Le dolía el dolor de aquel chico con los dedos tiznados de carboncillo. Por eso lo llamó:
—¡Mateo!