II
Gunrod estaba cubierto de polvo. Tenía los pies doloridos. Las piernas cansadas. Pero el alma intacta.
Gunrod era un buey de largas barbas y puños como jamoncillos. Un norteño que había caminado durante tres largos meses para llegar a Compostela.
Gunrod había matado a un hombre, allá en Nídaros, en el Paso del Norte, donde los inviernos se hacen eternos y, durante el verano, el sol jamás llega a acostarse.
Sus abuelos habían venido a Jacobsland para saquearla, surcando las olas a lomos de dragones de madera y con las espadas afiladas. Él había venido en busca de perdón.
Atosigado por el remordimiento. Había vendido su granja, su bella granja en el fiordo. La misma granja por cuyos lindes había aplastado un cráneo y entregado un cadáver a un río por el que aún no remontaban los salmones.
Gunrod se había criado en el hielo del norte con un hacha en la mano. Era uno de los últimos herederos de aquellos valientes que habían cruzado el océano en busca de aventura y fortuna.
En su granja aún conservaba un trozo de plata que había sido arrancado por su bisabuelo del canto de un libro sagrado en algún lugar no muy lejos de allí mismo, tras remontar el Ulla con un barco largo erizado de hombres armados, de vikingos.
Gunrod llenaba un rincón oscuro, tirado sobre una manta que apenas era papel, sobada por el largo viaje. Alejado del ruido infernal de las obras. Un mes llevaban trabajando de noche, se lo había dicho otro peregrino nada más llegar, un mes, sin descanso, y costaba dormir.
Pero no lo habían despertado los cinceles, ni los gritos de los canteros, ni las órdenes de aquel loco maese que los mandaba con ojos enfebrecidos, ojos extraños, inquietantes.
No, no habían sido los canteros. La música lo había despertado.
Había llegado a Compostela once días antes. Y sus noches seguían llenas de remordimientos. Porque, en su fuero interno, sabía que no habían sido las piedras en aquel muro las que habían despertado su violencia.
Sabía que había sido la mujer de su vecino. La lujuria lo había embargado. Ésa era la verdad. Una verdad oscura.
No había encontrado la redención que buscaba. Hasta ahora.
Gunrod, sucio del camino, arropado en las sombras de la catedral, escuchó la música.
Y quedó apabullado.
Se santiguó, prometió que tomaría los hábitos, allí mismo en Compostela. Que trabajaría toda una vida en nombre del Señor.
Y, cuando la música terminó, cuando aquel último acorde se apagó, Gunrod lloró. Lloró como un niño.