Suseia (Camino de Santiago 2) Hijo y padre
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Hijo y padre

I

Ardía. La catedral de Compostela ardía.

Visto desde la explanada de la Trinidad, el pórtico ardía. O parecía arder.

Las llamas bailaban sobre las piedras.

E incluso de noche el pórtico se veía impresionante. Una gesta.

La catedral se abría hacia la Trinidad con las tres arcadas, y los dinteles se aguantaban en su lugar. Desde hacía un mes.

Un mes sin dormir, sin comer, sin descansar. Un mes sin salario.

Pero el plazo terminaba. Había terminado.

Las columnas aplastaban a bestias malditas y se elevaban hacia los cielos para recibir, en cada arcada, una escena distinta. Y ambos lados enmarcaban el tímpano del gran arco central, donde estaría el mismo Cristo rodeado de aquellos que se habían ganado el derecho a llegar a los Cielos.

Y seguían trabajando, en plena noche. A la luz de hachones y pebeteros, de fogatas incluso. Y las llamas se pegaban a las piedras. La catedral parecía arder.

Y allí, en el pórtico, a la luz de las llamas, el martillo y la piedra negociaban. Pero, más allá, había otro sonido, no el del hierro golpeando el hierro, no el de las sogas tensas, no el de la piedra contra la piedra.

Dentro de la nave principal, en el corazón de la catedral, donde algún día Mateo alzaría su coro, se oía música. Una música bella, imposible, capaz de imponerse al caos de las obras.

Las notas corrían. Burbujeaban. Vibraban y se desvanecían en un parpadeo. Limpias. Cristales en el aire.

Se colaban dentro. Lo envolvían todo. Se enredaban unas en otras, se perseguían, a toda prisa. Y ponían la piel de gallina.

Y la catedral las recogía en sus piedras, las acunaba y las devolvía. Recorrían los pasos entre el granito, revoloteaban en las arcadas, besaban las mejillas de los santos, se hacían rocío en los acantos que coronaban las columnas.

Ascendieron por encima del altar, de la plata que lo cubría, de las rejas, ascendieron hacia la cúpula y salieron de la catedral buscando la noche.

Y la catedral, aún sin terminar, se llenó. Como si no fuera una noche fría, como si la primavera hubiese llegado de pronto. Los santos parpadearon, las vírgenes se llevaron las manos a los labios. La piedra cobró vida.

Se volvió majestuosa, imponente. Entornando los ojos podía verse lo que sería algún día.

Algún día.

Con las bóvedas terminadas, las tribunas cerradas. Sin andamios, sin grúas, sin sogas.

Desaparecieron las poleas. Las cubas con cal. Las paletas y el mortero.

Del coro no había más que unas pocas columnas, un boceto, y, sin embargo, la música colocó a la misma Virgen en la cabecera, iluminada por el rosetón que le daría vida cada puesta de sol, cuando el ocaso se echase encima de la Trinidad.

La catedral se ruborizó, como si las estrellas la hicieran sonrojarse y recoger el ruedo de la falda. Se elevó a los cielos para mayor gloria de Dios.

El frade Zonio podía verla.

Podía sentirla.

Ya no olía la peste a sudor. Ni rastro de los pies sucios y castigados. Ni siquiera oía los ronquidos. No importaban los peregrinos que, en lugar de pagar un albergue, dormían allí mismo, acurrucados.

Podía verla. A la catedral y a la Señora.

La Inmaculada. Presidiendo el coro. Allí, en majestad, bella, única.

La Santa Madre sonriendo a los fieles que entrarían por un extremo, por donde ahora sólo había andamios y polvo.

Caminarían a los pies de la Señora para llegar hasta el altar, cruzar la verja y visitar al Zebedeo.

Algún día.

Y si el Señor tenía misericordia, lo vería.

—Bai. Veinte años más —había dicho el maese Mateo.

Y el pecho del frade se llenaba de gozo. Sentía la necesidad de alabar los Cielos. Su fe profunda le daba paz.

Y paz le daba la música. Aquella melodía virtuosa, casi imposible.

La mano del frade giraba y giraba. La rueda del organistro arañaba las cuerdas y las teclas las pellizcaban. Y las notas corrían.

En toda su vida, en cincuenta años de música, jamás Zonio había pensado que podría escuchar algo así. Hasta entonces había sido un sueño. Un deseo agazapado en lo profundo de su pecho.

Recibirían al rey. A su padre. Y le darían sepultura allí. Compostela tendría un panteón real. Y su música acompañaría al cortejo. Y el cortejo se llenaría de emoción, como la emoción lo embargaba en ese instante.

Las notas se fundieron. En un lamento, bello y profundo, tan rápido que mareaba, tan hondo como un abismo.

Su mano giraba.

La rueda del organistro acariciaba las cuerdas.

Las muescas de las teclas las rozaban.

Allí estaría la Virgen misma. El arzobispo Suero tenía razón:

—No habrá nada semejante en toda la cristiandad.

Y Zonio se sentía lleno de gozo, porque estaba allí. Porque el Señor le había regalado la oportunidad de vivirlo. Y porque Dios, no podía ser de otro modo, había puesto, allí a su lado, aquel talento desbordante.

Dos notas, una en cada mano, cayeron, se derrumbaron una sobre otra dejando una pregunta en el aire. Y despertaron un deseo irrefrenable. De terminar, de acabar. Pero se quedaron en el aire, incompletas. Huecas.

Y la pausa, una pausa que se hizo eterna.

Hasta que llegó la última frase. La que faltaba. El objeto de aquel apasionado deseo.

Siete notas, siete que cerraron los flecos de un acorde, concluyendo la melodía con el peso de la razón. No podía acabar de otro modo.

El último sillar entró en su lugar. La última losa quedó colocada. El último arco completo.

La catedral, inmensa, viva, resplandeció.

Algún día.

—Hijo mío...

Zonio apenas podía hablar, le costaba respirar. Mantener el ritmo había sido un desafío, pero había algo más, emoción. La belleza de la música, del coro, de las naves, de las columnas, de los santos y los apóstoles.

Le costaba respirar.

—Hijo mío —repitió entre jadeos—, has sido tocado por la mano de Dios...

Y abrió los ojos para mirar a su lado.