Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

Mateo no fue a la mancebía de la Juana. Tampoco a casa.

Mateo se quedó trabajando, con sus dibujos. Algo le faltaba, algo no cuadraba en el parteluz, quería incluir un detalle más, algo que mirase al interior de la nave principal.

Para el frente tenía el árbol de Jesé, tenía al apóstol, estaba a punto de terminarlo, pero quería algo más.

Y cuando la noche se cerró, cuando ya no quedaba nadie más despierto en los talleres, menos los gatos, fue a la catedral.

Tenía que comprobar algo. Y no quería que nadie le viese hacerlo.

Dejó al pobre Ferruxo mirándolo con la esperanza de un poco de leche que no llegó, o de una caricia que no dio. Lo dejó allí, sentado, sobre las pizarras pintadas con tiza.

Solo, el gato maulló su decepción.

Mateo ascendió por las escaleras de la cripta, la que salvaba el socavón, cruzó el pórtico sin terminar, y pasó por el coro que algún día acabaría.

En el transepto dormían peregrinos, y los tufos del camino se pegaban a las piedras y a los ronquidos.

Un chiquillo, en una esquina, junto a una pila de agua bendita, tenía encendida una fogata con tres ramillas y asaba una tira de tocino.

La habría guardado todo el día, habría esperado a sentirse solo para arriesgarse a sacarla del escondrijo donde la había salvado de manos ajenas.

Mateo se fijó, porque en la luz escasa de las pobres llamas el chiquillo le pareció un buen retrato para uno de los ángeles, uno que le faltaba, el que sostendría los clavos de la pasión y la lanza de Longinos.

Mateo pasó junto al almacén de los músicos, bajó a las viejas catacumbas, al tesoro.

Ya sabía la respuesta. Pero tenía que verlo una vez más. Con sus propios ojos, uno de cada color.

Tenía que comprobarlo.

El cofre se abrió con un gemido de hierro oxidado.

Como su bolsa, donde sólo había una concha, el cofre estaba vacío.