VIII
Dos mastodontes de piedra. Eso eran. Y antes de acabar la jornada quedaron colocados ambos dinteles.
Apenas lo celebraron.
Los más jóvenes, los que llevaban en los talleres unos pocos años, los que aún no temían el precio que la piedra cobraba. Ésos compartieron un azumbre de sidra.
De los que peinaban canas, nadie lo celebró.
Mateo tampoco.
Faltaban los ángeles, los gentiles, los justos, los evangelistas, las cabezas de los profetas que adornaban las columnas de los arcos menores. Estaban sus túnicas, con pliegues extraordinarios, alguno parecía a punto de echarse a caminar. Pero aún no tenían rostro.
Era un trabajo para sentirse orgulloso, un hito, dinteles así no se habían visto nunca, pero los arxinas no lo estaban.
Se fueron con el ocaso, los jóvenes a la mancebía de la Juana o a algún tugurio más barato, como la vieja taberna del Rano, los veteranos a casa. Los jóvenes espantando a la muerte, los veteranos aceptándola.
Se fueron y Mateo les dio una orden a los esportilleros.
—Leña, brea, astillas, todo lo que desechen los carpinteiros.
El plazo terminaba. Haría falta madera, mucha madera.
Mateo no escuchó ni una sola de las protestas. A partir del día siguiente, trabajarían también de noche.
En la luz y en la oscuridad.