Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Murió antes de que pudieran atenderlo en Antealtares.

El frade despensero entendía algo de hierbas, pocos días antes había preparado verdolaga, zarza y cola de caballo para el capitán de la guardia. Algo sabía. Podía incluso coser un tajo con un par de puntadas y echarle agua de rosas, sabía incluso hornear enebro para sacar aceite.

Tenía cara de lagartija y algo le pasaba en los riñones, porque caminaba siempre a trompicones, apretando los dedos de los pies como a punto de tropezar con cada paso.

El despensero se llamaba Gutierre y hacía también de herbolario, de sacamuelas y de cirujano, cuando el prior no le reñía, porque era patrimonio de Dios sanar el cuerpo como sanaba el alma.

Pero nada pudo frade Gutierre cuando le trajeron a aquel desgraciado, hubiera hecho falta un milagro como el del mismo Lázaro, no cuatro hierbas y una tisana.

—¡Bendito sea el Señor!, ¿qué le ha pasado?

Contestó Sisnando, que tenía las manos ensangrentadas. Se lo habían llevado en una lona, y no es que él hubiera hecho mucho, el trabajo había recaído sobre Juanchón, pero Sisnando se las había apañado para acabar con las manos empapadas en sangre.

—Las prisas —gimió bajo sus piojos—, eso es lo que le ha pasado. Las prisas.

El herborista se tensó, y de haber sacado la lengua habría parecido un lagarto entre las rocas. Pero no sacó la lengua, sólo abrió y cerró la boca, haciendo que un lobanillo que tenía en la ceja pegase un brinco.

No llegó a hacer la pregunta, pero Sisnando contestó.

—Se lo advertí —lamentó—, llevo diciéndolo semanas. Antes o después tenía que pasar una desgracia.

No metía las manos en sus greñas piojosas, las mantenía frente a él, enseñándoselas a todo el que quisiera verlas, y el revuelo había atraído a buena parte de la comunidad.

Los frailes, espantados, se arrimaban con aires de polilla a una vela. Uno tenía un cesto con nabos recién recogidos, otro un sacho al hombro, e incluso llegó uno de las cocinas con las manos ocupadas, en una llevaba una cebolla, en la otra el cuchillo.

—No se puede trabajar a este ritmo.

Sisnando no callaba.

Y no se calló hasta que el bastón de Gundisalvo lo hizo callar. El golpe en el cogote consiguió que las manos volvieran a su lugar habitual, entre las greñas piojosas, y espantó a los frailes, que salieron a toda prisa entre voces, igual que palomas en una plaza.

El despensero, más herbolario en ese momento, casi médico, se inclinó por fin ante el vizcaíno, que era quien había recibido el impacto de la enorme piedra.

Tenía burbujas secas de sangre en la comisura de los labios, el rostro contraído por el horror, el pecho hundido.

No hizo falta mucho para emitir el diagnóstico. Gutierre contaba con menos que los médicos hebreos o moros, no había estudiado en Ispahán ni en Córdoba, pero tenía experiencia. En Antealtares se atendía a los peregrinos, aunque en la mayor parte de las ocasiones se les acabase amortajando.

Cualquiera podía verlo. Incluso Gutierre. Uno de los dinteles se había quedado cojo, la soga no llegó a partirse y, gracias a eso, sólo tenían allí a uno de los arxinas. De haberse partido...

Sólo con pensarlo, tuvo que santiguarse.

Gracias al Cielo, la soga aguantó. Se deshilachó. Sólo se deshilachó, y el dintel se descolgó dos palmos. Quedó cojo. Más alto de un lado que del otro y los que aguantaban no pudieron hacer nada, el dintel se movió, un péndulo de toneladas.

Era la piedra de la cantera de Penedo. Masiva, enorme, se balanceó a los pies de los andamios, hizo chirriar las sogas, crujir los puntales. Se fue a un lado.

—¡Aguantad!

Eso había gritado el maese.

—¡¡Que no caiga!!

Al otro lado, con un impulso imparable.

—¡¡¡Que no escache!!!

Los demás también gritaron. Gritos salpicados de pánico.

—¡Cuidado! —el asturiano, antes de dos avemarías seguidas.

—¡Al suelo! —Juanchón, con las manos despellejadas, la soga se le había escurrido entre los dedos.

—¡La puta que la parió! —el viejo Gundisalvo, que se atragantó con una ciruela.

No se pudo hacer nada. El dintel se balanceó a un lado, al otro. Y enganchó al vizcaíno.

El golpe no pareció gran cosa, pero aquella mole había necesitado un tiro de doce bueyes y una semana entera para llegar desde la cantera, aquel monstruo no tenía que coger carrerilla para matar.

Todos oyeron el crujir de las costillas. Y el de la mandíbula. Y la nariz.

El frade herbolario apenas tardó un suspiro, no le hizo falta mucho para comprender.

Se alzó. El rostro, lívido, y aquellos ojos saltones, de lagartija, perdidos. Se alzó e hizo la señal de la cruz, lenta, lastimosa.

Y la terminó echando la mano al frente, lanzándole una última bendición al pobre vizcaíno, que aún tenía, por puro milagro, la boina puesta.