Suseia (Camino de Santiago 2) V
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V

Mateo no quería mirar hacia la explanada de la Trinidad. No le hacía falta, todavía podía oler los meos de aquel callejón, aún veía la muela.

Sabía a qué atenerse.

Hacía veinte años, ayer, y hoy.

No necesitaba ver a aquellos dos jaques rondando. Las cuadrillas colocaban los dinteles, y tenía que poner toda su atención en la obra. Aquellas piedras gigantescas serían el soporte de su sueño. Ellas mantendrían en pie el portal occidental.

Pero no sólo estaba la deuda. Había que añadir lo sucedido con Gatón. El acoso del capitán. Y, además, su hijo.

Mateo, el hijo, no había vuelto a casa.

—¡Podría estar trabajando con García Rodríguez! ¡¡Tendría un futuro!! —había gritado Aldonza.

Mateo ni siquiera había intentado intervenir.

—Mira qué has conseguido, le has llenado la cabeza de pájaros, ¡¡¡no me habla!!!

Mateo no intentó recordarle que ella también había soñado con el cargo de maese de obras, que a ella también le había parecido digno.

Pero Aldonza tenía demasiado en las manos.

—Ya no me fían en el mercado, ¿qué has hecho?

Y sus protestas no se acababan.

—Si no fuera por la caridad de mi hermana, ¡¿qué sería de nosotros?!

Mateo se preguntaba dónde habían ido las sonrisas, los besos que contaban secretos. Él no había cambiado.

Había intentado acercarse, asegurarle que todo saldría bien, que su hijo olvidaría aquella tontería de la música.

La deuda con Nathanael, la presión por acabar las obras, los gritos de Aldonza. Su hijo. Demasiadas cucharas en el mismo estofado.

Mateo se equivocó.

No quería mirar hacia la explanada de la Trinidad. Miraba a las poleas, miraba las sogas, las cuadrillas, andamios, miraba pero no veía.

No vio que la soga se deshilachaba, no vio que la polea se inclinaba.

No vio la sombra de su padre.