Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

La cacofonía de las obras se colaba en el escritorio, y se hacía extraño. Todo allí era delicado, uno de los frades usaba un pincel con un solo pelo, uno sólo, para pintar los ojos de un retrato del rey Alfonso a caballo, lanza en ristre, y con escudo donde un fiero león presumía de garras.

Los golpes de las macetas, el repicar de los cinceles, los gritos de las cuadrillas estaban fuera de lugar en el escritorio.

Casi tanto como el Cuatrohostias, con su cota de malla, sus pesadas botas y puñal al cinto.

Ruy Ansúrez estaba incómodo. Tenía miedo de que se le escapase un estornudo.

Todo a su alrededor podía romperse con mirarlo de través.

No quería estar allí el Cuatrohostias, entre los frades, los pergaminos y los pigmentos. Le daba dentera. Pero no podía evitarlo.

Más a gusto se hubiera ido a la mancebía de la Juana, o a colgar a alguien en las picotas de la Trinidad, pero el Cuatrohostias se sentía como en su juventud, cuando había agarrado ladillas después de saquear una morería en un vado del Tajo. Era incapaz de estarse quieto.

Tenía la imperiosa necesidad de rascarse.

Tenía que saber.

El fraile, enjuto, poca cosa, con manos que el Cuatrohostias hubiera podido partir como ramillas para yesca, se acercó con el mortero.

Y al capitán se le hizo extraño, estaba acostumbrado a los grandes, a los que había visto en las cocinas del palacio, morteros donde podía meterse un gorrino entero para majarse con un puñado de sal y unas cabezas de ajos.

Aquello que el fraile traía era más un dedal.

El Cuatrohostias, con temor a romperlo, lo sujetó con dedos indecisos y examinó el interior.

El fraile, divertido, habló entre sonrisas. Lo que acentuó el aire ratonil de su rostro, ahusado y punteado por un bigotillo.

—Lo que buscabas. Ahí lo tienes —le dijo jovial al capitán de la guardia—, el mismo que se empleará para la piedra. El mismo. Así lo quiere el maese. El mismo azul. Y debo decir que es un acierto. Mateo sabe lo que hace...

El Cuatrohostias carraspeó para detener aquella avalancha del frade. Envainó la blasfemia que le vino a los labios, y se rehízo.

—¿Y esta mier...? ¿Y esto para cuánto da? —mirando con pasmo el polvillo del interior.

No supo cómo hacer mejor la pregunta. El Cuatrohostias entendía de capar moros, no de onzas, misturas y matices. Pero el frade lo entendió.

—Eso, que son seis quilates, justamente eso.

Seis quilates es lo que estoy preparando para el hermano Gerardo —con su cara de ratón y su hablar rápido, el pequeño frade parecía a punto de echarse a correr—.

Y eso es lo que necesita para terminar el nuevo retrato del rey Alfonso.

Que es un prodigio. El hermano Gerardo tiene manos de ángel. De ángel. Os lo puedo enseñar...

La respuesta no satisfizo al capitán, aquel muñón que tenía por oreja hizo un extraño cuando las muelas se apretaron. Y el frade, con ánimo de ayudar, le dio aires nuevos a su respuesta.

—El hermano Gerardo, y puedo asegurar que es uno de nuestros mejores copistas, no desperdiciará ni un cuarto de quilate —el frade movía las manos de un lado al otro, como si llegase tarde—.

Aún hay que molerlo más, y mezclarlo con óleo después de molerlo, pero con esa cantidad pintará la túnica, la albarda del caballo.

La albarda, la túnica y unos cuantos detalles más.

Y la aclaración no borró el pasmo del capitán.

—Pero... Pero si esto da para un dibujillo —balbució el Cuatrohostias—, ¡¿cuánto hace falta para el pórtico?!

El frade no pudo evitar la risa, y aquel aspecto de ratoncillo creció.

—Mucho —respondió abriendo cuanto pudo aquellas manos de finos dedos—, llevamos años haciendo acopio, casi once, maese Mateo siempre ha sabido bien lo que quería.

Siempre. Hace mucho que lo tiene planeado.

Y yo me atrevo a decir que será un acierto.

Será glorioso. Os lo digo. Glorioso. Todo en azul y oro.

—Yo pensaba...

El Cuatrohostias se había quedado sin palabras. No se hubiera quedado sin estocadas, pero quedó sin palabras, y se sorbió ruidosamente los mocos. Aún no había logrado despegarse de aquella maldita peste.

—¿Y cuánto cuesta?

El frade respondió diligente, todavía risueño. Con una larga retahíla llena de prisas. Y le dio el precio por onza, y por quilate. Incluso se lo repitió.

Y el Cuatrohostias, ahora sí, no pudo contener la blasfemia.

—¿Qué? ¡Cagüen en el Corán! ¿Cómo? ¡¡La Virgen en pelotas haciendo una mamada!! ¡¡¡Imposible!!!

De todas las mesas se alzaron las tonsuras, brillantes en la abundante luz que entraba por las ventanas del escritorio. Algunos de los frades rieron, otros se llevaron la mano a la boca y un par frunció el ceño con disgusto.

Pero el Cuatrohostias no les prestó atención.

—Con un puñado de esta mierda se compra un putiferio con todas las fulanas dentro.

Divertido, el fraile asintió de nuevo, como un ratoncillo olisqueando queso.

—Yo no lo hubiera expresado así. No, no se me hubiera ocurrido —reconoció sin molestarse por la maldición del soldado—. Pero es cierto, normalmente, onza a onza, es más caro que el oro, os lo aseguro, más que el oro. Aunque, claro, los precios son caprichosos. Suben, bajan. Fluctúan.

Superado el asombro, el Cuatrohostias, al que seguían asaltando estornudos salvajes, le tendió el mortero al frade, con el brazo estirado y echándose él mismo hacia atrás, como si corriese el riesgo de explotar.

—Vais a contármelo —exigió—, y no os dejéis ni un pelo de coño. Todos los detalles —alzó la voz—, cómo llega, cómo se paga y cómo se almacena.

El frade se explayó. Adoraba su trabajo, tenía menos fe que una zapatilla, y cada vez que acudía a los oficios divinos le salía un sarpullido, vestía el hábito por la comida caliente y porque podía trabajar de copista.

Adoraba el proceso de principio a fin y estaba más que ilusionado con el proyecto del maese, los frades del escritorio no sólo iluminarían pergaminos, también pintarían la catedral.

Así que habló, con aquel dejo a ratoncillo inquieto, hasta le mostró unos cascotes que había traído el propio Mateo para que hicieran pruebas.

Le hubiera contado hasta cómo había perdido el virgo en el seminario, en Salamanca.

Pero, de todo lo que le dijo aquel ratón de biblioteca, al Cuatrohostias sólo una cosa le quedó clara.

Porque al capitán le venía a dar igual si el pelo de marta era mejor que el de turón para los pinceles, o si había que tener cuidado al raspar los delicados pergaminos.

Hubo una cosa, sólo una, que le quedó clara.

—Hace años, después de una larga cabalgada, me salió un forúnculo en el culo del tamaño de una ciruela —le dijo al copista, que siguió sonriendo en lugar de escandalizarse—, un maestro de llagas lo pinchó y lo drenó.

¡El muy hijo de puta!, dolió como una condena y me pasé dos meses sin sentarme a gusto.

El frade le dejaba hablar.

—Ese jodido nombre es como aquel jodido forúnculo de los cojones —sentenció el Cuatrohostias.

El copista se extrañó.

—¿Qué nombre? ¿García Rodríguez?

Pero Ruy Ansúrez ya no contestó, se fue murmurando blasfemias, con prisa. Tenía más preguntas que hacer.

Cuando salía se dejó un estornudo en el umbral. Y un:

—¡Cagüen las barbas del profeta!