Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

Mateo gritaba.

Los dinteles tenían que encajar, apoyarse en las columnas de los arcos laterales y en el parteluz, asentar el conjunto. Todo dependía de que aquellas dos enormes piedras aguantasen en su lugar.

No habría una segunda oportunidad.

Y Mateo buscó la bolsa al cinto.

Estaba vacía. Ni una sola moneda. Sólo una concha, aquella misma concha de veinte años atrás. La había sacado de la habitación de su hijo, olvidada entre viejos dibujos. Como un sueño roto.

Cuánto hacía que no veía a su hijo.

No lo recordaba.

Ya habría tiempo para eso. Cuando terminase, cuando la catedral estuviera rematada. Tenía que colocar los dinteles.

Sujetó la concha entre sus cicatrices.

No consiguió la paz que buscaba. Ni la conseguiría, aunque los dinteles no se despedazaran, aunque aguantasen.

En la bolsa no había nada más. No quedaba una sola moneda. Ni para él ni para la obra.

Ya había escuchado a Aldonza gritar, empujada por la vergüenza de los acreedores. Las deudas de su casa se acumulaban. Y las de la catedral. El cabildo no tenía para aportar.

No quedaba una sola moneda, y eso no era lo peor.

Lo peor eran aquellos dos, que rondaban el taller días sueltos, cuando se acordaban, cuando les mandaban. Los conocía desde hacía veinte años, Mateo no tenía dudas.

Llevaban dos semanas vigilando las obras.

—Zaspearás cuando el rey enmiende el privilegio.

Eso había dicho. Eso había prometido. Pero, y si los dinteles se caían, y si los dinteles se rompían.

No quería mirar atrás. No quería verlos rondando por la explanada de la Trinidad, más allá del socavón, de los talleres. Rondando como buitres.

Recordaba sus amenazas. Recordaba la vergüenza.

Mateo resopló las greñas que le barrían el rostro. Se dio una palmada en el cogote, como para aplastar un tábano.

Y prestó atención a los dinteles.

No pensaba mirar hacia la Trinidad.