II
Ya nadie se atrevía a hablar con el maese. Lejos quedaban aquellos días. Veinte años los habían borrado. Los hombres ya no acudían a Mateo, escapaban de él.
Pero no podía hacerse otra cosa. El plazo se consumía.
Y, si no acababan, el arzobispo se lo había dicho, si no acababan a tiempo, las obras se pararían. El cabildo no podía cubrir los costes, no eran los tiempos de Gelmírez. Si el rey Alfonso no renovaba el voto de su padre, los talleres cerrarían.
Y llegaría el hambre.
Todos trabajaban. Hasta el viejo Gundisalvo.
Y el viejo Gundisalvo estaba a punto de morder el bastón para calmar los nervios. Le dolía el pecho, su corazón saltaba latidos como un mal bailarín.
Pero no podía apartar los ojos de las piedras.
El xilón lo había conseguido.
Allí estaban. Colgando ante sus narices, entre los gruñidos de esfuerzo y los chirridos de las sogas. Eran enormes.
Las había encontrado, y labrado. Las inscripciones de la base, celebrando aquel abril del año del Señor de mil ciento ochenta y ocho las había tallado Mateo en persona. Y, para sorpresa de todos, había incluido su nombre. Sólo el suyo.
Y lo había hecho pese a que Gundisalvo se lo había desaconsejado.
—No conviene tirar una piedra en agua hirviendo y agacharse a mirar —le había dicho rechupando una de sus ciruelas—, ¡salpica, carajo!
No había escuchado sus consejos. Mateo ya no escuchaba.
No escuchaba. Pero lo había conseguido. Allí estaban las piedras.
El viejo Gundisalvo se llevó la mano al hombro, últimamente los dolores eran cada vez más frecuentes.
Pero no apartó los ojos de las cuadrillas.
No vio, no se dio cuenta, de que no estaban solos los arxinas.
Eran días frenéticos, Mateo incluso había sugerido que, si no quedaba otro remedio, empezarían a trabajar de noche.
Había demasiado a lo que atender, y el viejo pagaba el precio de la edad, no los vio.
Y no los había visto ninguno de los otros días.
A las obras venían boyeros, carros, cargamentos de piedras. Venían muchos. Los talleres eran un continuo trasiego. Los del lapislázuli, los del esparto, los de la cal.
Gundisalvo debería haberlos visto, pero estaba pendiente de las cuadrillas, más de veinte hombres en cada una. Una cuadrilla, una piedra. El viejo sabía que presenciaba un prodigio.
No los vio. Pero esa mañana, como otras tantas en las últimas semanas, había al fondo de los talleres, vigilando desde la explanada de la Trinidad, dos hombres que no tendrían que estar allí.