Justos y lapislázuli
I
Sus patrones habían muerto. Pero Sisnando estaba dispuesto a seguir trabajando, incluso sin cobrar.
En una mano tenía el martillo, que llevaba rato sin dar golpe, con los dedos de la otra revolvía sus greñas y, con veteranía, atrapó un piojo. Lo aplastó entre las uñas con un satisfactorio crujido.
Y continuó trabajando, sin usar el martillo.
—Va a matarnos, no podremos acabar —susurró hacia los borgoñones.
Estaban los dos juntos, como siempre, con ese aire de parientes bien avenidos, aunque jurasen haberse conocido en el camino.
Y pese a los más de veinte años que llevaban en los talleres, el más alto seguía con el acento agarrado a los dientes, apenas había aprendido a decir tres palabras y cuatro blasfemias.
—Jusqu’à présent, il ne nous a jamais fait défaut.
Y el otro, el más bajo, tradujo, como siempre.
—Es verdad —reconoció, aunque sin fuerza—, hasta ahora nunca nos ha fallado.
Y señaló hacia donde Mateo organizaba el trabajo de las poleas. Todos los sogueros estaban pendientes, las cuerdas tensas, las piedras mordiendo el esparto.
Sometidas a aquella tensión, las sogas protestaban. Los brazos temblaban, los hombres gruñían.
Los borgoñones defendieron al maese, pero Sisnando, como buen carroñero, olió la sangre. El ritmo de trabajo de las últimas semanas hacía mella en los hombres.
Ojeras, barbas mal afeitadas, mejillas hundidas.
Hasta los más animosos, los que siempre habían dado la cara por Mateo, flaqueaban.
Sisnando siguió picando, y el martillo no se movió. Habló estirando los labios, como para beber de una copa demasiado llena.
—Si no hubiera matado a Verrondo no sería el maese...
Era cizaña verde oscuro, crecida con tanta fuerza que no se veía el trigo.
—Si Juanchón vous entend, il vous coupe les couilles.
El otro borgoñón dejó la maceta en un tablón, con el resto de las herramientas. Estaban tallando una de las planchas que, en la arcada central, encajaría en los dinteles, los que colgaban ahora de las sogas, esperando a ser colocados.
No tradujo de inmediato.
Los borgoñones labraban en el granito una colección de justos, redimidos que, coronados por ángeles, habrían de sentarse a izquierda y derecha del mismo Jesucristo. Los rostros eran apenas un esbozo, Mateo terminaría todos y cada uno de ellos. El maese era inflexible, él remataría los trabajos.
Todos y cada uno.
El borgoñón se pasó la mano por la frente, miró a su compañero, miró hacia donde estaba el maestro Mateo, a los otros puestos. Y tradujo por fin, sin énfasis.
—Es cierto. Si Juanchón te oye, te capa.
Y, como estaba cansado, su acento se espesó.
Sisnando comprendió que ganaba terreno.
—Tengo a otros diez que están hartos, podemos hablar con el arzobispo, podemos exigir...
Los borgoñones torcieron el gesto, como si aquella idea, además de cansina, siguiera siendo un disparate. Y Sisnando cambió los aires.
—Puede acabar él solo...
Aplastó otro piojo, dejó que la pausa calase.
—... Y poner su nombre en todas las piedras.
Aquello arrancó un mohín a los borgoñones, tan parecido en ambos que aumentó la sensación de que eran parientes, incluso hermanos.
Lo del nombre había levantado ampollas. Ningún maestro de obras había hecho algo así antes. Todos los canteros firmaban con su marca las piezas, pero aquello era para echar cuentas, para zaspear por el trabajo hecho.
—Siempre ha sido un soberbio —insistió Sisnando.
Y espachurró una racha de tres gordos piojos. Su maceta no se movía, eran sus palabras las que martillaban.
—Ya no puede hablarse con él —continuó Sisnando—. No escucha.
Los borgoñones callaron. Compartieron una mirada temblorosa. Y Sisnando pinchó una vez más, esperaba dar en hueso.
—Hace dos semanas que no cobramos...
Tenía razones de sobra.
—... Ya no rige bien, está enfermo, no hay más que verlo...
Y podía escupirlas una tras otra. Sin pausa.
—... Se rumorea que ha hablado con los prestamistas...
Sin un respiro.
—... ¿Y si el rey decide no renovar la asignación?, ¿qué haremos entonces?
El borgoñón volvió a coger su maceta, pero con una desgana que no pasó desapercibida.
—Con vosotros dos —entre las uñas de Sisnando sonó otro crujido—, seríamos trece...