XXIII
Todos esperaban.
El Tajo esperaba.
Y Mateo miró una vez más hacia aquel peito. Veía la piedra, la que necesitaba para completar el pórtico.
Sería el segundo de los dinteles.
Comprendió qué debía hacer, la arcada central tendría una columna, pero la columna, el parteluz, sería algo más. Allí estaría el apóstol que llevaba veinte años sin terminar.
El apóstol bajo la Gloria misma de los cielos con Cristo redentor. Sin borrones. Y esa columna se elevaría desde la Tierra al Paraíso. Esa columna central dividiría el pórtico, su pórtico, y sería el linaje del mismo Cristo.
—Yo soy la raíz y el retoño de David...
Un murmullo bajo la lluvia. Nadie lo escuchó. Un susurro calado por aguanieve.
Así lo había leído en el libro de san Juan. El linaje de Cristo desde el padre del rey David, desde el mismo Jesé.
La lluvia, fría, tamborileaba sobre charcos que engordaban, y en los charcos flotaba el polvo de la cantera, como niebla sobre el río.
Estaba completo. Todo bajo veinticuatro ancianos afinando sus instrumentos.
Ya tenía un dintel, el que encontrara Gatón. Sólo le faltaba una piedra. Y esa piedra tendría que salir del mismo lugar que había maldecido a su padre.
De aquel peito en la cantera de Penedo.
Sopló los cabellos que le caían sobre el rostro, y espantó la sombra que se le coló en el reojo. Allí, a un lado, colgando de un andamio, una soga y un ahorcado, la sombra de un ahorcado. Por un instante, un parpadeo, vio la silueta balanceándose.
El escroto se le endureció. Su hombría se volvió miseria. El corazón latió en su estómago vacío. Y algo frío, helado, galopó por su cogote.
Por un momento allí estaba su padre, el suicida. El que había desobedecido la ley de la piedra, colgando de la soga.
Por un momento.
Y cuando parpadeó volvieron las notas. Aquellas notas endiabladas, aquella melodía que eran dos y se fundía en una. Que aceleraba hasta que los ojos lagrimeaban.
Acab y Acaz. El anciano y el joven. Las manos del anciano volando en el teclado del organistro, los dedos parpadeando a una velocidad endiablada.
Y miró su propia mano.
La mano derecha.
La cicatriz, que ya tenía veinte años. Las nuevas heridas, brillantes, tiernas.
Nadie más la escuchaba, nadie escuchaba otra cosa que la lluvia arreciar.
Mateo no pensó en su hijo.
—Non. No fueron las piedras —susurró.
Alzó la cabeza para mirarlos a todos, para pasear sus ojos, uno de cada color, por los rostros grises del Penedo.
Y alzó la voz.
—¡No fueron las piedras!
La columna uniría la cripta que había levantado en el maldito socavón de la Trinidad con el paso de una torre a la otra, una tribuna. Tres alturas. Eso le había dicho su corazón veinte años antes. Era la última pieza del rompecabezas. Los borrones no volverían.
Era la idea, su idea, la que Verrondo le había robado. La que le había robado antes de acabar despedazado en las escaleras de su casa.
Y para llevarla a cabo necesitaba una última piedra, la misma que maese Hugo y el caballero Yáñez habían intentado robarle.
Ahora sabía cómo hacerla realidad. Y los que se lo habían impedido estaban muertos.
Muertos.
No pensó en su hijo. No se acordó de su hijo. Estaba viendo aquella columna con el linaje del mismo Cristo, ascendiendo hasta los Cielos. Y el apóstol. El que llevaba veinte años sin terminar.
—¡¡No fueron las piedras!!
Giró lentamente, bajo la lluvia, fría y dura. Lluvia norteña, de las tierras del fin del mundo, las que miraban al océano del que salía la bestia con las siete cabezas.
—¡¡¡Fue la torre!!!
Lo veía claro, su padre se había equivocado, una sola torre, era imposible que las arcadas aguantaran, su padre se había dejado arrastrar por la ambición. Su padre había querido levantar lo imposible. Hubiera dado igual de dónde habían salido las piedras.
—Jamás hubiera aguantado. Itoiz. Era demasiado grande...
Algunos de los canteros murmuraron. Hablaron entre sí. Los dos hermanos se miraron el uno al otro.
Y Gatón, el que había sido su amigo, el que traía conchas para su hijo, miró al suelo, derrotado.
La mano de Mateo. La derecha. La que estaba bajo aquel ojo oscuro. Esa mano, con su cicatriz y sus heridas, señaló el Tajo.
No vaciló.
Tallada en el mismo granito del Tajo. Firme. Sin una sola duda. Señaló aquel laberinto de grietas por donde la lluvia escurría, donde parecía imposible sortear el laberinto de fisuras.
Él, y sólo él. Quizá su padre, cuarenta años atrás. Vieron lo que nadie más había visto.
Genios.
O locos.
Ningún otro cantero lo hubiera hecho.
Y, con cuarenta años de por medio, sin saberlo. Mateo pronunció las mismas palabras que había pronunciado su padre ante los mismos rostros.
—A murear.