XXII
No se atrevió siquiera a frotarse la mejilla. El novato se quedó donde estaba.
El Cuatrohostias, sin embargo, tenía prisa. Mucha prisa.
No podía ir a la corte a preguntar por el mayordomo. Tampoco en los talleres de Compostela. Pero debía encontrar a alguien al que hacerle unas cuantas preguntas. Podía ir a Pamplona, como se había ido tantos años atrás maese Esteban, tenía entendido que allí seguían levantando una catedral.
Pamplona, sin embargo, estaba lejos, demasiado.
Entonces cayó en la cuenta.
No mucho después salió por la Puerta de la Mámoa, al sur de la ciudad, un jinete al galope, un jinete al que le faltaba una oreja y que dejó en el suelo, tirada, a una viejuca que traía grelos para vender en el mercado de Mazarelos.
El Cuatrohostias se había acordado de que también en Ourense estaban construyendo una catedral.