XXI
Afuera, bajo la aguanieve, sin mover un pelo, le esperaban todavía tres de la patrulla que había ido a la cantera, los otros habían acompañado al frade Zonio al monasterio para despachar a los muertos.
Cuando salió de la ostentosa casa, el Cuatrohostias estornudó, se restregó el entrecejo con fuerza y se quedó a gusto por lo bajo, entre dientes.
—Gordo de los cojones, me cago en su puta calavera...
Sus hombres ni se movieron. Ni se les ocurrió preguntar. No necesitaban respuestas. No las querían.
—Hijo de la grandísima puta de Babilonia —sorbiéndose los mocos—. Aborto de mora tiñosa...
Cayó en la cuenta entonces de que tenía allí, entre sus hombres, al hijo del mercader de paños.
—Tú, pegote de mierda, pregúntale a tu padre si alguna vez ha hecho tratos con este grandísimo gordo cabrón.
—Mi padre no se dedica al vino...
Y el Cuatrohostias descargó la mala baba que traía. Hizo honor a su nombre. Una, dos, tres y cuatro. Dos del derecho y dos del revés, que sonaron como campanadas tocando a rebato.
—¿Vino?, ¡¿vino?!
Tuvo que detenerse para estornudar, pero Ruy reenganchó con fuerza.
—Ni vino ni se fue —se burló el Cuatrohostias—. Me cago en todos los putos moros al sur del Tajo. Y me cago en tu puta calavera. Con cagarros, ¿me oyes, desgarramantas del demonio? Con cagarros de oveja, eso es con lo que trafica ese puñocerrao de tu padre. ¡Con cagarros de oveja!
Se limpió los mocos y los tiró al suelo con un latigazo de los dedos.
—¿Te he preguntado yo a qué cojones se dedica el malparido de tu padre?
Si es que es tu padre —sorbiendo una vez más—, cosa que dudo, porque no se puede ser más tonto.
Me importa una mierda si tu padre vende coños vírgenes o flores, ¿está claro?
Tu padre es mercader y los mercaderes son como los piojos, nunca hay uno solo... ¿Entiendes, cabeza hueca?
Como la mano todavía estaba levantada, la misma que, pese a la lluvia, aún tenía rastros de moco, el hijo del comerciante no se atrevió ni a pestañear.
—Tú, pregunta, cojones, ya. ¡Me cago en tu sombra! ¡¡Pregunta!!
Y por si no había quedado claro, las proverbiales cuatro hostias cayeron de nuevo.
—¡¡¡Pregunta!!!