XX
—Por favor, García no —si era posible, porque había demasiadas carnes que llenar, la expresión rebosaba afabilidad, casi apabullaba—. El nombre es García Rodríguez. Lo prefiero así. Desafortunadamente, García resulta común, genera confusión. Por favor...
El Cuatrohostias miró a aquel gordo grasiento, que lo miraba a su vez desde el fondo de su rostro abotargado con expresión de gorrino. Tenía ojos pequeños y oscuros.
Era como una tajada de tocino envuelta en un lazo de seda. Y el lazo lo habían brocado con hilo de oro. Y encima le habían echado aceite de rosas.
Pero, por muchas sedas y oros, seguía siendo un trozo de tocino.
El capitán no se dejó engañar. Aquella sonrisa, aquel temblar de la papada. Aquel tipo ocultaba algo, podía olerlo.
El Cuatrohostias estaba de un humor de perros, la presa se le había escapado. Y ahora, además de atender a la intendencia, tenía que hacer de recadero. Para colmo, había empezado a llover, una de esas aguanieves que dejaba empapado y frío. Y podía sentir la fiebre arañándole el entrecejo.
No le gustaba estar allí.
Le vino un estornudo que casi lo dejó bizco, se limpió, y en un duelo entre el rico mercader y el capitán de la guardia, el Cuatrohostias, sacudió la mano y estampó los mocos, aún calientes, en el impoluto suelo de castaño del mercader.
—García, entendido —dijo clavando los ojos en aquella enorme cara redonda—, su eminencia, el arzobispo Pedro Suero, quisiera saber si...
El vinatero fingió no haber oído. Incluso le dio alas a aquella sonrisa, extraña, apretujada entre los almohadones de sus carrillos.
—Ha sido una desafortunada circunstancia —intervino sin dejar acabar al capitán, haciendo rodar en sus gordos dedos un anillo con un pedrusco que podría haber ocupado el lugar de un santo en la catedral—, muy desafortunada.
Terrible incluso. Sin duda. Dos muertes así.
De hombres tan notables, enviados del rey, nada menos.
Una sorpresa que ese tal Hugo haya resultado un hereje, una desventurada sorpresa.
Repito, ha sido una desafortunada circunstancia.
El Cuatrohostias tuvo la sensación de que, si se lo pidiera, el mercader le ordenaría a un lacayo, a elegir entre los tres que había visto desde su llegada, que le lamiera las botas.
El vinatero estaba dispuesto a complacer, pero no a rebajarse.
—Las putas noticias vuelan —dijo Ruy escamado—, apenas acabamos de saber quiénes eran los apiolados.
El mercader se las apañó para revolcar aquellos almohadones colorados y mostrar una sonrisa de dientes pequeños, de alimaña a punto de saquear un nido.
—En una posición como la mía, uno debe asegurarse de tener informadores —jugueteando con los anillos en su mano rechoncha—.
De poco serviría un mercader que no sabe cómo ni por qué bailan los precios de la lana, el vino o lo que se trafica en la frontera.
Si contase lo que me gasto en pagar oídos ajenos...
Una fortuna, eso me gasto. Una fortuna. En mi posición se hace necesario.
—Y de lubricarlos de vez en cuando con buen unto —dijo el Cuatrohostias en un tono que no ocultó su desprecio.
Para Ruy Ansúrez los hombres se medían o por la espada o por la palabra. El mercader no llevaba espada al cinto. Y, en cuanto a la palabra, el Cuatrohostias supo que no le habría pedido a aquel gordinflas que lo sacase de una ciénaga.
Volvió aquella sonrisa, grimosa. Y los carrillos, pese al frío de fuera, brillaban de sudor.
La estancia tenía tantos trastos y lujos que la mitad de lo que allí había se le hacía extraño al capitán.
—El que algo quiere, algo le cuesta —reconoció al fin el vinatero—.
Y si uno necesita orejas en las esquinas hay que dejar caer algunas monedas.
Así funciona el mercadeo. No puede bajarse la guardia.
Y, debo señalar, de todas las mercancías que puedo vender o comprar, la información es, no cabe duda, la más valiosa de todas. Sí, el que algo quiere, algo le cuesta.
Al modo de los moros, el mercader tenía despachos en la planta baja de la enorme casa para recibir a las visitas desde el patio de caballerías y tratar sus negocios.
Y había allí, además de una cruz de marfil que tenía que costar una fortuna, cueros repujados y maderas taraceadas que sólo podían haber salido de un saqueo al sur de Toledo.
Aquel tipo comerciaba con los apañuscadores que revolvían entre los muertos después de las razias con los moros, o con los castellanos.
O con los aragoneses. Aquellos buitres cortaban dedos de moribundos para robar anillos y no había hombre de armas que no los odiase.
Porque los apañuscadores eran la mierda de la escoria, sin honor ni palabra.
El Cuatrohostias había degollado a unos cuantos en sus tiempos de atajador, cuando él y cuatro más tenían que jugarse el pescuezo por donde los moros cagaban flechas y cortaban cabezas que apilaban para subirse y llamar a la puta oración de los cojones.
—¿Y qué han dicho esas orejas?
La pregunta tenía toda la intención.
El mercader sacudió una mano gorda, blanca como cirio, de nudillos hundidos, como de bebé con una ama de cría con tetas como carretas, y sin un solo callo.
Ni de la espada ni de haber doblado el espinazo en su condenada vida.
Y también perlada de sudores, porque allí, que no caía la aguanieve, ardía con furia una chimenea bien cargada de leña de roble seca.
—Nada a lo que deba darse crédito. Nada.
Es evidente que el buen juicio del arzobispo es el que lleva la razón.
Siempre la tiene. Es un hombre cabal y mesurado.
Sabe bien lo que hace —al capitán se le atragantaron tantos cumplidos pero, por desgracia, no sabría lo que significaban hasta mucho después, cuando ya sería tarde—.
Lo sabe sobradamente. Además, estudió en París.
Conoce bien el problema de la herejía. Estoy seguro de que su eminencia lleva razón.
El de Albi era un bogomilo. Todos allí lo son.
Bogomilos me refiero. Eso han oído mis dineros —concluyó con una sonrisa fofa.
El Cuatrohostias asintió, con un moco colgando de las narices, en un gesto que pretendió ser fiero, pero que resultó cómico.
—A mí, es que cuando se me queda algo entre las muelas, se me hinchan los cojones...
—Yo apenas mercadeo con la piedra —se quejó el vinatero—, no sé en qué podría ayudar. Picoteo un poco de aquí, otro poco de allá. Atento a las oportunidades que se le brindan a un buen cristiano. ¿Qué iba a saber yo? Yo apenas...
—Con tantos jodidos oídos tan jodidamente bien pagados —cargado de ironía—. ¿Qué tal, detrás de qué coño andaban esos dos?
El mercader acomodó la boca en un gesto extraño que infló sus grandes carrillos. Y se inclinó hacia delante, como si compartiese un secreto.
—Desafortunadamente, quizá no todo el mundo desea que el maese Mateo, a quien quiero como un hermano, ¡más que un hermano!
, acabe su pórtico a tiempo. Me temo que esos dos marcos semanales son muy jugosos y que hay muchos que piensan que podrían administrarlos de un modo distinto...
Y debo añadir que se equivocan, parecen mucho, pero los gastos son elevadísimos, especialmente el acopio de lapislázuli y de oro.
Se equivocan, no rinden tanto como parece.
—¿Oro? ¿Lapislázuli...? No tenía idea —saltó el capitán sobresaltando al vinatero.
Y, antes de continuar, el Cuatrohostias se rascó la entrepierna a dos manos, más caradura que grosero.
—No tenía ni puta idea —repitió, mintiendo como un bellaco—, yo pensaba que se usaban para pagar piedra, granito y sogas, cal, yeso. La mierda que se usa en una obra...
Y fingió contener un estornudo antes de ponerle la puntilla al vinatero.
—... No tenía ni zorra idea de que hacía falta lapislázuli en la catedral. Pero seguro que estoy —continuó el Cuatrohostias repasándose las narices con el dorso de la mano— en el sitio indicado para enterarme.
El mercader ensayó aquella sonrisa grasienta de nuevo, indeciso entre tomárselo como un insulto o como un cumplido. Y el capitán tuvo la certeza de que aquélla era la misma sonrisa que vendía vino avinagrado y sidra pocha.
—Exageraciones —dijo al fin García Rodríguez, aflojando un ápice la sonrisa—, soy un simple comerciante que ha tenido suerte, maese Mateo y yo estamos casados con dos hermanas.
Y me siento muy honrado de que el maese Mateo, al que considero mi propio hermano, ¡más que un hermano!
, me haya elegido para proveer a la catedral.
Gracias a su encargo, hoy en día apenas mercadeo con vino.
Ha sido una bendición. Repito, son exageraciones.
Sacudió aquella gorda cabeza. Y, como el capitán callaba, siguió hablando.
—El arzobispo puede estar tranquilo —aseguró el vinatero abriendo ahora aquella sonrisa hasta tal punto que los carrillos parecían a punto de estallar—, no sé si los rumores son ciertos y hay algo detrás de la muerte de esos dos. Insisto, esos dos marcos a la semana son una tentación....
Volvió a hacer algo extraño con sus carrillos.
—El oro a veces se complica, los moros controlan la costa africana. Pero el lapislázuli no tiene duda —aseguró García Rodríguez sacudiendo la mano como si la sola idea fuera un disparate—, llega puntualmente del Beluchistán, ¡Y sin aumento de precio...!
Carraspeó por un momento. Revolcó aquellos ojillos negros. No podía callarse. Tenía alma de charlatán de feria vendiendo naderías a los crédulos.
—Sin aumento, fuera de lo razonable, por supuesto —aclaró con aquella sonrisa a punto de abrirle la cabeza como un tajo en un melón maduro—. Por desgracia, todos los intermediarios quieren poner comida en sus mesas —reflexionó un instante—. Más que razonable.
Algo se cruzó en sus miradas, una chispa que decía mucho más que sus palabras. El Cuatrohostias supo que, si seguía olisqueando, tendría un mal encuentro en cualquier callejón.
No le gustaba aquel tipo.
—Por supuesto...