Suseia (Camino de Santiago 2) XIX
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XIX

Allí estaba el fantasma del fracaso. El peso de una conciencia. Una sombra balanceándose en una grúa.

Y fue Gatón el que habló.

—No aguantarán —dijo atribulado—. Mateo, hazles caso, no cometas el error de tu padre.

La lluvia apelmazaba sus cabellos, calaba sus ropas, les metía el frío en los huesos.

Y Gatón insistió.

—Si puedes perdonarme...

Tuvo que tragar. Rehacerse.

—Lo hice por tu bien...

No podía decirlo. Lo intentó, pero no podía. Las palabras tenían espinas y se trababan en su garganta. Hacían daño.

—La encontraré —prometió el antiguo boyero—. Si vuelves a confiar en mí...

Tuvo que enjugarse la cara. Sacudirse como un animal.

Olía a tierra mojada, a bosque, al carbón húmedo de las fogatas, a hierro. Olía con ese sabor gredoso que dejaba el polvo de granito, el que arrancaban los punteros.

—La encontraré... La encontraré a tiempo.

La lluvia contestó. Se hizo fuerte. Y las escorrentías arrastraron las hojas que aún quedaban del otoño, bellotas, ramajos. Todos los arxinas miraban hacia el maese.

Todos esperaban.

El Tajo esperaba.

Y maese Mateo se dio una palmada en el cogote e inclinó la cabeza, como si escuchase algo en la distancia, como si pensase que lo habían llamado y prestase atención.

Todos esperaban.

El Tajo esperaba.