Suseia (Camino de Santiago 2) XVIII
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XVIII

Nadie colocaba cuñas, nadie tronzaba ramas de castaño, nadie traía agua fría del arroyo. Al zamorano recontrahecho se le agarró el estofado al fondo de la olla.

Y las palabras del Cuñas hicieron tambalearse al maese. Pareció que Mateo bajase un escudo. Y el otro aprovechó para hablar.

—Yo se lo oí decir, con estas dos orejas. Yo estaba aquí. En aquel entonces sacábamos de aquel peito mucha morralla, y las más grandes salían con fisuras. Todas se partían, las muy putas.

El Cuñas se llamaba en realidad Eusebio, como su abuelo, y aquel día, cuarenta años antes había estado allí mismo, con su abuelo. Y, por aquel entonces, su padre era el capataz de la cantera de Penedo.

Para aquel niño había sido inolvidable.

El Cuñas sacudió la cabeza, como si le costase creer lo que recordaba con tanta claridad.

—Nadie lo hubiera adivinado, ni siquiera mi abuelo, que tenía gravilla en lugar de sangre —reconoció el Cuñas—. Tu padre señaló el mismo peito, y mi abuelo dijo que era imposible.

Se detuvo, enmarañado en recuerdos, y se rio para sí, con una mezcla de melancolía y un dejo del asombro que había sentido cuando niño.

—Todos le dijeron que se partirían. Mi padre le dijo que se partirían, que escacharían. Pero el tuyo, tu condenado padre, los convenció.

Y su hermano añadió algo más.

—Fue como inspiración divina —explicó el Cinchas moviendo las manos, simulando las fisuras del Tajo—. A nadie se le había ocurrido antes. La piedra parecía... El andar estaba...

—De través, estaba de través —remató el Cuñas—. Y, cuando se acabó, el viejo tuvo los huevos de ponerse de pie, ¡Y apenas caminaba ya! Pero se puso en pie, ¡para darle la mano a tu padre! Nunca en mi condenada vida, antes o después, le volví a ver hacer algo semejante.

Entonces, asintiendo, intervino de nuevo el Cinchas.

—A nadie se le había ocurrido hacerlo así, ¡A nadie!

El Cuñas soltó un prodigioso escupitajo, uno que hubiera servido para darle un marrazo a un puntero.

—Y las piedras salieron, ¡salieron!

El Cuñas, que era el mayor, podía recordar los gritos, las celebraciones. Piedras limpias, de un color que quería ser dorado, que no mostraban una sola fisura, arrancadas de entre la maraña de grietas del Tajo. Recogidas como robarle trofeos a una araña sin romper una sola hebra de su tela.

Días de trabajo en los que Arrio había demostrado que conocía la piedra.

Hasta que llegaron los muertos.

—Sentimos mucho lo que pasó —aseguró el Cinchas humillando el mentón—. Esperamos que el Señor lo haya acogido en su seno y le haya perdonado sus pecados. Era el mejor...

Mateo no dijo una sola palabra. No podía.

—Tu padre era un condenado genio —continuó Eusebio el Cuñas, inocente—, fue como magia... Cousa do demo.

—Era imposible saberlo —continuó su hermano—. Trabucouse. Se equivocó... Las piedras parecían...

Con aquellas últimas palabras los rostros de los hermanos se volvieron sombríos.

Tuvo que ser el Cuñas el que habló.

—Ese peito no ha vuelto a laborarse desde el derrumbe.