Suseia (Camino de Santiago 2) XVII
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XVII

Gatón desesperó.

—¡¡¡Díselo!!!

Y el Cuñas pareció desamparado. Cuando habló no había retranca.

—Es el maestro —susurró con voz temblorosa.

Su hermano acudió al rescate.

—El arzobispo lo ha puesto al cargo. ¡El rey! Él decide —dijo señalando al maese—, él paga, y la responsabilidad es suya. No podemos oponernos. Sin las obras de la catedral...

Tuvo que reprimir un escalofrío.

—... Sin las obras de la catedral el trabajo no daría abasto para todos.

El tono rozaba la súplica, y los ojos del Cinchas pasearon por las cuadrillas y los barracones, invitando a Gatón a comprender. Aquello le dio tiempo a su hermano a rehacerse.

—Donde hay maese no manda capataz —sentenció el Cuñas—, donde hay capataz no manda oficial...

Y Gatón, frustrado, miró hacia Mateo. Hubiera gritado. Se hubiera acercado y lo hubiera abofeteado. Pero había pasado la rabia. Ahora estaba embargado de preocupación.

El odio se difuminaba y la antigua amistad tiraba de él.

—No lo hagas, por lo que más quieras —dijo juntando las manos—, te juro que la encontraré a tiempo, aunque tenga que dormir en el caballo.

Cayó en saco roto.

El maese no se inmutó.

—¿Qué diantres te pasa? —preguntó Gatón al borde de la desesperación—, ¿te has quedado sordo?

—No tronzará —repuso Mateo convencido.

Y Mateo podía ver el miedo de su amigo. Y el de los arxinas. Podía olerlo. No sacarían de allí una piedra que aguantase, la ley era la ley.

Fue entonces cuando intervino de nuevo el Cuñas. No tuvo que alzar la voz. Las marras no golpeaban los punteros. El único ruido era el de un aprendiz; se hurgaba la nariz sin que nadie lo mirase, y tanto se hurgaba que su respiración era un silbido tenue.

El Cuñas no tuvo que alzar la voz. Pero fue como si gritase.

—Eso dijo tu padre.