XVI
Mateo no escuchaba.
Las dudas de los hermanos canteros se escurrieron Penedo abajo, como lluvia. Y se llevaron el odio de Gatón.
Mateo no escuchaba.
—Allí —repitió.
Y su mano, envejecida, cubierta de callos y sabañones, de rasguños hechos por las astillas, una mano por la que no habían pasado veinte años, sino cuarenta, señalaba el Tajo.
Empezó a lloviznar. Frío. Aguanieve. La mañana lloró y el cielo se oscureció, se cubrió de nubes cenicientas.
El Tajo, imponente, un gigante dormido, vistió de brillos el musgo. Los árboles de la cima, rotos, desnudos, se agitaron con el viento, y sus ramas chocaron en una melodía triste. Como dedos tabaleando sobre un ataúd, como dedos que ya no eran más que hueso y pellejo.
La lluvia era fría. El día era frío. El invierno se agarraba al Tajo.
—Allí, ésa es la arría que me hace falta.
El granito lloraba. La lluvia lo hacía llorar. Y el Tajo enseñaba los caprichos de la piedra, cien tonos grises atravesaban la mole, trazos que marcaban la ley de la piedra.
Mateo señalaba.
Allí había estado mirando desde su llegada.
Un tramo antiguo, ancestral. Donde el musgo había tenido tiempo de crecer, con calma, paciencia, donde los canteros habían abandonado el trabajo, donde las fisuras se enredaban como telarañas, donde la piedra filtraba marrones que el invierno le arrancaba a la tierra.
Y en las grietas intentaban crecer raquíticos helechos, incluso un aliso se las había arreglado para prender allí y, retorcido, se esforzaba por alcanzar a sus hermanos en el bosque desgreñado que le servía de flequillo al Tajo.
Allí el granito se vestía de gala. Allí la piedra era del color de una amanecida. El grano tan fino que apenas se distinguía.
Era la piedra más hermosa que había visto en su vida, pero estaba acosada por las grietas.
Mateo lo había visto. Tenía que haberlas visto. Pero señalaba.
Los dos hermanos se miraron confusos. Inseguros. Y Gatón azuzó al Cuñas. Con desesperación. Llevaba veinte años visitando el Penedo, casi cada semana, había dormido en aquellos barracones en más de una ocasión, había oído la historia. La conocía bien.
—Díselo —lo arreó señalando a Mateo—, ¡díselo!
El Cuñas no supo reaccionar. Miró al maese, miró al antiguo boyero, miró a su hermano.
Y miró a aquel tramo del Tajo.
Habían pasado cuarenta años, era sólo un niño que ayudaba a su padre en la cantera. Pero lo recordaba.
Jamás podría olvidarlo. La alegría primero. La admiración. Y la desolación que siguió. El dolor. Los muertos.
En esos cuarenta años no había salido de allí una sola piedra, ni una sola.
A nadie se le hubiera ocurrido, hasta hoy.