XV
Gatón hubiera querido pedir disculpas. Decirle que le creía. Pero hubiera mentido.
Algo se había roto entre los dos hombres.
Aun así, hasta que Mateo dio la orden, hasta que vio al capataz y a su hermano dudar, Gatón hubiera intentado la reconciliación. Lo que había hecho lo había hecho para pararle los pies a su amigo antes de que fuera tarde, antes de que hubiera más muertos.
Sin embargo, la reacción de quien había sido su amigo terminó de convencerle de que había llegado al final del camino.
—Ya oísteis a Suero —ladró Mateo—. No hay tiempo que perder, a murear.
Ni el Cuñas ni su hermano se movieron, tenían que obedecer, pero no lo hicieron. Miraban hacia donde señalaba el maestro y les costaba creerlo.
Y Gatón no pudo contenerse, lo dejó caer. Su amigo se equivocaba. Él no era arxina, sin embargo, la incredulidad en los rostros de ambos hermanos le confirmó sus sospechas.
Era una locura.
Una condena.
Y lo dejó caer, recubierto de bilis, de algo viscoso y amarillo. Entre dientes.
—Ni siquiera el arzobispo podrá salvarte.