XIV
Con todo aquel cirio de los muertos y del sabotaje, el Cuñas, el capataz, el lapingo, prefirió que su hermano estuviera con él.
Y fue a su hermano a quien acudió al escuchar la orden que había dado el maestro. Entre los dos sumaban más de cuarenta años de piedra y hierro. Se habían criado en la cantera. Su padre había trabajado para los dos Bernardos, el Viejo y el Joven, allá en los tiempos de Gelmírez.
—A mí me destetaron con cincel —bromeaba el Cuñas cuando corría la sidra.
Y si estaba de buen humor añadía una coletilla:
—Y entre las piernas me cuelga un puntero del mejor hierro.
Y lo malo para el Cuñas fue encontrar que el rostro de su hermano le decía lo mismo que sus tripas.
Le decía que el maese se equivocaba. Y eso no era lo peor. Ni de lejos. Lo peor era que aquello resultaba familiar. Demasiado familiar.
Habían pasado cuarenta años, pero podía recordarlo.