XIII
Se acabó el espectáculo.
Se habían matado el uno al otro. Eso había dicho el arzobispo y señor de Compostela.
Y las marras cayeron sobre los punteros, y las cuadrillas arrancaron a cantar para mantener el ritmo, el Penedo se llenó de nuevo y a los muertos se los llevaron en el carromato, Zonio se encargaría de que los amortajasen en el monasterio de Antealtares.
—En el cementerio de la Trinidad —ordenó el arzobispo cuando el frade preguntó qué disponía su eminencia—¸ con los peregrinos.
Y a muchos les dio la sensación de que, de haber estado más cerca de la costa hubiera mandado que los tirasen al mar con cascotes atados a los pies. Pero se guardaron el cuchicheo para compartirlo más tarde, con el rancho.
El arzobispo habló de nuevo con el maese y marchó también.
Poco a poco, la cantera se despejó y Gatón se acercó cabizbajo a quien había sido su amigo. La cabeza le daba vueltas. No sabía qué pensar. Abría y cerraba los puños, apretaba los dientes.
Mateo no se había movido, seguía con los ojos clavados en el Tajo.
Antes de que el antiguo boyero pudiera abrir la boca, el maese le habló sin siquiera darse la vuelta.
—Tráeme al lapingo.