Suseia (Camino de Santiago 2) XII
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XII

Al Penedo le brotaron espinas de pronto. Algunos empezaron a mirarse de soslayo. Unos cuantos dedos señalaban tímidamente. Y aquel asunto de la herejía se extendió como la cizaña en el trigo.

Y Suero asintió satisfecho. Pero aún le quedaba algo más por hacer y encaró a su capitán.

—Lo pasaste por alto —le espetó tajante.

Cogió al Cuatrohostias a contrapié. Ruy Ansúrez había esperado impaciente a que terminase el discurso. Pensaba dejarle claro a su eminencia que él se limpiaba el culo con los bogomilos. Y que tenía muy claro por dónde podían meterse su herejía.

El arzobispo no le dio oportunidad.

Directo al grano, tres respuestas por delante, e inexorable como una condena. Después de aquella homilía sobre los albigenses, más que hablarle, Suero abofeteó a su capitán.

—Sobran hombres a los que contratar. Hay muchos en la frontera que vendrían a gusto a Compostela —dejó que sus palabras calasen, y asestó la última pulla—. Nos sabotean, y tú persigues quimeras de hace veinte años.

El reproche tiñó de violeta el muñón que Ruy Ansúrez tenía por oreja.

—Si lo han intentado con las piedras de los dinteles, algo habrán hecho con los cargamentos de cal, o los de lapislázuli...

No consiguió el Cuatrohostias contener el estornudo, lo que le enfureció aún más, porque se quedó delante del arzobispo como un chucho con los morros sucios.

—Averigua qué ha pasado —ordenó Suero.

El capitán se defendió.

—Ha sido ese malparido loco de mierda —escupió señalando a Mateo con una mano cubierta de mocos resecos—. Mató a Verrondo hace veinte años —más ladridos que palabras—. Mató a esos dos desgraciados —casi aullidos.

El hoyuelo de Suero hizo un extraño cuando frunció los labios.

—¡Esa boca, Ruy!

Y el arzobispo, además de ordenarle al capitán que callase alzando una mano, respiró hondo. Siempre directo, como si las palabras quemasen, por una vez en su vida, reunió paciencia y buscó explicaciones.

—Por tanto, crees que he puesto a un asesino a cargo de la obra de Dios —no esperaba réplica, Suero siguió hablando—. Mateo no ha matado a nadie. Pero esa sabandija de Armengol nos busca la ruina y yo necesito...

Ansioso por no quedar en mal lugar, escaldado como un chiquillo al que acabaran de darle un coscorrón, el Cuatrohostias interrumpió:

—Es un hideputa colorao —sentenció alzando la voz—, dadme permiso y le corto los huevos de ese bacalao y os los traigo en una puta bandeja de plata.

—Esa boca, Ruy... Armengol ya tenía la confianza del viejo rey Fernando, y su hijo lo eligió mayordomo en cuanto calzó la corona. El rey no volverá a pagar la asignación si le despachas al mayordomo...

El Cuatrohostias no llegó a pronunciar palabra, lo sacudió un brutal estornudo que salpicó al arzobispo.

Y Suero se pasó de nuevo la mano por el rostro, esta vez para limpiárselo, y terminó por pellizcarse la barbilla, justo bajo el hoyuelo.

—Escucha, Ruy, por una vez, guarda la espada en la funda y usa la cabeza.

El capitán frunció el ceño, aceptando de mala gana la insinuación. Pero no interrumpió.

Y tampoco se le ocurrió pensar que algún día se arrepentiría por no haberlo hecho.

—Necesito argumentos —lo urgió el arzobispo—. Hay que demostrarle al rey que Armengol está detrás. Hay que decírselo, no gritárselo.

Ojiplático, el Cuatrohostias se había perdido. Se sentía viejo para buscarse la vida en otro lugar. Le gustaba calzarse el puesto de capitán de la guardia compostelana.

—¿Y qué coño...? ¿Y qué hago?

—Cava, Ruy, cava, hasta que lo desentierres —puso una de aquellas manazas de leñador en el hombro del otro—, averigua qué hay detrás de todo esto. Habla con los demás proveedores. La catedral no sólo necesita granito de las canteras.

El arzobispo suspiró. Y el Cuatrohostias tuvo el tino de comprender que tantas explicaciones se hacían raras en su eminencia, pero no tuvo tiempo de pensar qué podía significar. Suero no le dejó.

—Deja a Mateo terminar la catedral y tú cava, cava hasta los mismos infiernos. Tráeme razones con las que convencer al rey.