Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

Todas las lenguas en la cantera de Penedo estaban ansiosas por hacer correr la noticia, en cuanto la oyesen. Todos los ojos pendientes del arzobispo.

Todos menos Mateo. Mateo miraba al Tajo.

—Ése de ahí —dijo Suero señalando lo que quedaba de Huges de Albi— era bogomilo...

Y Suero sabía lo que tenía que hacer.

Y lo hizo. Subió la voz, la bajó. Generó interés y les hizo esperar por la respuesta.

—¡Bogomilos! Y muchos han sido los santos hombres que han intentado remediarlo, pero han fracasado. Algún día, acontecerá una desgracia.

Estaba dando una homilía. Quizá la más importante de toda su vida.

—Tienen muchos nombres, muchas caras —continuó Suero—, como los demonios al servicio de Satanás. Son arteros, ladinos, ¡pecadores!

Miró de hito en hito a todos. En los galpones, en los puestos, al zamorano recontrahecho que se encargaba del rancho. Y detuvo su mirada en los que estaban al pie del Tajo, sobre la pasarela, junto a los muertos.

—Bogomilo. ¡Tejedor!, ¡¡cátaro!! —bramó—. O uno de sus elegidos, la mayoría de los albigenses lo son, ¡¡¡herejes!!! Y ése, ése de ahí —señaló al tal Hugo, a lo que quedaba de él— era uno de ellos. Y el otro un caballero de Santiago. Se mataron el uno al otro...

Aunque el Cinchas se santiguó con la mano hecha un borrón, sonó a fraude. Hubieran oído la reyerta en los barracones de la cantera. Habría sangre por todos lados. Aquellos dos no habían muerto en el Tajo, sólo se habían deshecho de ellos en el Tajo.

Pero el arzobispo no hacía equilibrios en el cómo. Sólo le preocupaba el porqué.

Y funcionó.

La herejía puso los pelos de punta, lleno de miedo las miradas, los ojos que ahora miraban hacia los muertos ya no lo hacían con pena, lo hacían con asco, como si les rondara la peste.

En un santiamén, en el Penedo aconteció un prodigio, descubrieron que el Tajo tenía eco.

—¿Hereje?

Un murmullo suelto delante de los barracones.

—Hereje.

Una duda entre los aprendices.

—¡Hereje!

Espanto sobre los punteros.

El Penedo se agitó, y muchas manos imitaron a la del Cinchas. Hasta los mancos se santiguaron.