Suseia (Camino de Santiago 2) X
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El arzobispo miró los cadáveres como un buey rumiando, por pura hambre, un rastrojo duro y reseco.

Y, pese a los nervios evidentes, el Cuatrohostias aguantó.

—Esa cantinela sólo demuestra que Armengol no es trigo limpio —sentenció Suero.

Había escuchado a su capitán. A Gatón, comido por la vergüenza y la pena, pero convencido de que su amigo estaba detrás de las muertes. Y, aun así, el arzobispo no volvió a abrir la boca hasta que aquel carromato retrasado alcanzó la cantera de Penedo.

Como aleteando, del carromato se bajó el frade Zonio que, nada más verlos, aun sin subirse al Tajo, les dispensó una señal de la cruz y empezó a recitar bendiciones bienaventuradas que el arzobispo de Compostela cortó en seco:

—Dime cuándo te lo encontraste en el almacén.

El frade tuvo que tomarse un instante para entender de qué le hablaban.

—Eminencia, poco antes de sexta —respondió Zonio con esa voz suya que parecía siempre a punto de arrancarse a cantar—. Recuerdo bien que aún estaba yo digiriendo los salmos de tercia que nos había brindado el hermano Recaredo, y tenía un breve momento ocioso antes de cumplir con la revisión de...

La mano del arzobispo lo hizo callar.

Volvió Suero a rumiar aquello. No exculpaba al maestro de obras. El tiempo no sobraba, podía haberlo hecho, muy justo, pero podía. Ellos habían tardado menos de una hora en llegar allí.

Miró al cielo, pidiendo consejo. Suya era la potestad, Suero era juez en el señorío de Compostela.

Miró a los muertos. Había alguna mosca, pocas gracias al frío, pero su zumbido daba dentera.

Miró al capitán, que parecía masticar grava.

No se oía el repicar de hierro contra hierro. Ni uno solo de los canteros trabajaba, todos miraban hacia el Tajo, con los ojos gachos, avergoñados. Cruzaban bisbiseos que no se oían, pero que zumbaban más alto que las moscas.

Aquel hoyuelo de su mentón volvió a moverse.

Miró al maestro de obras, al hijo de Arrio. Había sido un niño asustado, un aprendiz ninguneado, un oficial menospreciado. Y jamás había visto en él una pizca de rencor. Jamás. Pero ahora, bastaba verlo para dudar.

Miró entonces al antiguo boyero. Y, en un impulso, como si acabase de tener una epifanía, Suero se acercó a él.

Y le habló como si lo estuviera confesando, con un susurro que fue esclavo de ellos dos, y sólo de ellos dos, del boyero y del arzobispo.

—Debo entender que lo crees capaz...

Parco y conciso, como siempre. Pero Gatón comprendió.

—Hace veinte años, cuando lo conocí, me hubiera reído de quien lo insinuase...

El resto lo dejó en el aire.

El hoyuelo acabó por subir y bajar lentamente, como si se le hubiese oxidado el pescuezo al arzobispo. Y volvió a mirar hacia el maestro de obras. Parecía consumido, pero miraba hacia el granito con una determinación que no tenía nada de culpable.

Se acercó.

—No sabías que nos estaban saboteando.

Mateo se despegó de aquel granito del Tajo y contestó, sereno, más de lo que aparentaba con aquellas ojeras y el rostro macilento.

—No. Itoiz.

Y ahora clavó sus ojos, uno de cada color, en el arzobispo.

—Terminaré el pórtico yo.

No había culpabilidad. Sólo determinación, cansada, vapuleada, remendada, pero determinación. Una fe ciega.

—Bai —insistió Mateo—. Y la catedral.

El arzobispo observó el rostro consumido. Los estragos del esfuerzo. El maese había adelgazado, parecía enfermo.

Suero pudo haber tomado una decisión. Pudo haberle puesto coto de inmediato. Pero no lo hizo. Al contrario, lo incitó.

—Tendrás que conseguir dineros...

Mateo no vaciló. Mintió con descaro.

—Parua bastante. Queda algo ahorrado.

El arzobispo había escuchado demasiadas confesiones. La respuesta del maese, firme como sus granitos, tenía algo oscuro, envuelta en humo. Sin embargo, Suero sabía que el pecador se revuelve cuando le señalan el pecado.

Bajó el tono el arzobispo, su voz apenas rasgó el aire.

—Dios sabrá esperar —dijo Suero, conciliador—. Siete días pueden ser siete años, o setenta —casi amable, intentando convencer—. Es la obra del Señor, no de los hombres. Y los reyes mudan de opinión. Y si no lo hacen, antes o después pierden la corona y la calzan otros...

Mateo ablandó su expresión. No vio lo que escondían las palabras del arzobispo. Y no cedió.

—Hay dineros —mintió de nuevo—. Templaremos hasta que el rex conceda de vuelta los dos marcos a la semana.

Suero asintió con pesadez, satisfecho. Le quedaba una de sus escasas preguntas, tan extrañas como flores en los desiertos de Egipto.

—¿Y tu hijo?

No hubo un instante de duda. Ni una sola vacilación. Mateo no cayó en la cuenta de que fue en el desierto donde el Espíritu Santo guio al mismo Jesús para ser tentado.

—Terminaré.

Y Suero tomó una decisión.