Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

Venía el arzobispo, a todo galope sobre un pío imponente. Parecía un capitán de Castilla cargando contra los almohades en las Extremaduras.

Lo seguía, como siempre, una bandada de canónigos, con pinta de chicuelos asustados por el brío de los caballos.

Deseosos de tirar de las riendas y frenar aquel galope que había llenado los flancos de espuma blanquecina y que traía a las monturas con los ollares abiertos y los ojos espantados.

Al contrario que el arzobispo, los canónigos botaban en las sillas como bellotas caídas al suelo.

Por último, venía un carromato que se había quedado atrás.

Cuando se detuvo junto las fogatas, los cascos del semental arrugaron la tierra y despidieron terrones que sisearon en las llamas. Suero descabalgó con la gracia de un jinete experimentado.

No se molestó en saludar. Pasó las riendas, con un nudo suelto, por el arzón de la silla, subió los estribos en las cinchas para que no golpeasen los flancos y dejo al pío resollando cuando echó a andar. En todo el proceso no cejó de buscar, con ojos tan inquietos como los de los caballos.

Tieso como una flecha se fue hacia el Tajo.

—Hay que acabar en un mes —ordenó el arzobispo con la voz hecha trueno.

Menos los muertos, todos lo miraban, pero Suero no les hacía caso. Se dirigía a Mateo y, como siempre, no hicieron falta preguntas, el arzobispo ya se adelantaba por su cuenta con las respuestas.

—Ha llegado mensaje del rey Alfonso, estará aquí para el primer día de abril, el pórtico ha de estar terminado —sentenció Suero.

Fue una patada en la boca del estómago, el maestro de obras se dobló con el rostro contorsionado.

Y cuando consiguió recuperarse, una vez más, no tuvo tiempo de hacer la pregunta.

—Ese...

Frustrado, el arzobispo resopló. Necesitó un amén para rebuscar en la memoria y encontrar el modo de decir lo que tenía que decir.

—Ese descastado de Armengol nos ha mentido. —Suero tuvo que morderse los carrillos para dejarlo estar y no soltar en voz alta el resto de los apelativos que se le ocurrían—. Nos dio un plazo...

Volvió a resoplar, como seguía resoplando su caballo, todavía intentando recuperar el resuello junto a las fogatas.

—Nos dio un plazo. Y al rey le dio otro... —el arzobispo bajó el rostro—. ¡Un mes antes!

Y pasó de una ira muy poco cristiana al desespero de un mártir.

—Algún negocio le va en el asunto —elucubró Suero—. Quiere que fracasemos.

Mateo reaccionó con fuerza. Con más de la que había mostrado desde que el Cuatrohostias mandara aherrojarlo.

—Bai. Puedo hacerlo...

Caviló por un momento, echando cuentas. E insistió:

—Bai. Para las calendas de abril.

Pese a aquel aspecto, de veterano de la ribera del Guadiana contra el moro, al arzobispo se le puso cara de niño recibiendo un regalo. Pareció dispuesto a dar un brinco, encaramarse al Tajo y abrazar al maestro de obras.

No pudo hacerlo. El Cuatrohostias intervino.

—Eminencia —carraspeó nervioso, y el muñón de su oreja tenía el color de una guinda a punto de caer al suelo—, con todos los amenes, salves y aleluyas que queráis, pero a éste...

Carraspeó de nuevo, retuvo un estornudo y el rostro se le enrojeció al refrenar el impulso de restregarse los mocos. Llamaba la atención cómo, a costa de visibles esfuerzos, era capaz de tragarse sus habituales blasfemias con el obispo delante.

Era como verlo desnudo. Y aquella voz rijosa, contenida, casi tartamuda a veces, podía, igual que la desnudez, resultar aún más intimidante que toda una colección de barbaridades entre salivazos.

Lo dijo muy despacio. Entre dientes apretados, bajo el muñón grana de aquella oreja que se había quedado un moro de trofeo.

—A éste el único trabajo que le queda es colgar de la horca...