Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
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VIII

El Cuatrohostias saboreaba la victoria.

—¡Cierra la puta boca, meapilas! —le gritó al antiguo boyero.

Y se volvió hacia Mateo, que ni lo miraba, ni a él ni a Gatón. Tenía los ojos clavados en el Tajo. Escudriñaba con tanta atención el granito que no era consciente siquiera de los hierros en sus muñecas o de los gritos del capitán.

—No pudiste aguantarte, ¿verdad? ¡Me cago en el califato! Te oliste el pastel y cortaste por lo sano, ¿verdad?

El Cuatrohostias dio un paso entre las barrenas hincadas con cuñas. No podía callarse.

—No fueran a joderte tu preciosa catedral...

Cogió el rostro de Mateo con sus manos, obligó al constructor a que lo mirase.

No sirvió de nada. Quedaron frente a frente, sí. Pero los ojos del cantero, uno de cada color, seguían prendidos del granito del Tajo.

—Como hace veinte putos años...

Al borde del grito, y el Cuatrohostias sacudió al cantero.

Y entre las cuadrillas corrieron bisbiseos, algunos habían trabajado en la catedral, otros tenían hermanos o primos que lo hacían, todos sabían de qué hablaba el capitán.

Todos conocían la fama del maese. Y todos, todos, habían oído los rumores sobre cómo había conseguido que el arzobispo lo eligiese veinte años atrás.

El muñón en la oreja del Cuatrohostias se había vuelto del color del vino rebajado.

—¡Mataste a Verrondo!

Gatón había humillado el mentón, era incapaz de mirar hacia su amigo.

El Cuatrohostias soltó por fin al cantero, que giró el rostro para que mirase hacia donde lo hacían sus ojos, un punto en la piedra gris y rotunda.

Lo último que dijo el Cuatrohostias antes de que los interrumpieran lo dijo en voz baja, aguda, entre labios apretados, casi un silbido.

—Vas a confesar —tascó bajo el ceño fruncido—, te tengo cogido por los huevos. Y no te voy a soltar hasta habértelos reventado.

Bajó aún más la voz.

—¡Yo no soy ningún imbécil! No soy uno de tus aprendices. Vas a pagar.

Tenía la voz tomada por los mocos, pero la amenaza hervía.

—Vas a pagar por lo de hace veinte años —continuó el Cuatrohostias—. Y vas a pagar por esos dos hijos de puta. ¿Me has oído? Vas a pagar. ¡Lo juro!

Pero Mateo no prestaba atención. Contestó, pero sin dejar de mirar al Tajo.

—Mureé toda la noche yo.

Los rumores corrieron por la cantera. Cada cual en las cuadrillas tenía su opinión, y todos se animaban a ponerse de una parte o la contraria.

No tuvieron tiempo de alcanzar un acuerdo.

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