Suseia (Camino de Santiago 2) VII
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VII

—¡Traedme a ese hideputa! ¡Ya!

Ésa fue la orden del Cuatrohostias.

Y los de la patrulla acercaron a Mateo, que estaba allí.

Y que no estaba allí. Lo habían sacado del calabozo antes de amanecer, del mismo pesebre de mulas que había conocido veinte años antes.

Le habían ofrecido un currusco de pan y un poco de agua salpicada de vino.

Y lo habían obligado a montar. Lo habían traído a rastras.

Pero su cabeza seguía con sus dibujos, con su hijo.

No prestaba atención, pero se dejaba hacer.

—El chico —dijo cuando lo auparon al Tajo—. Meu fillo. Tengo que encontrarlo yo.

Mateo tuvo que ver a los muertos, era imposible no hacerlo. Verlos. Olerlos incluso porque, pese al frío, la muerte no perdonaba jamás y aquellos desechos apestaban por debajo del intenso aroma metálico de aquel invierno avaro aferrado a las tierras del fin del mundo.

Verlos, olerlos incluso, y reconocerlos.

Tenía que reconocerlos. Eso era lo que esperaba Ruy Ansúrez, el Cuatrohostias, tan emocionado que ni siquiera estornudó.

Pero el maese ni se inmutó, miraba con más atención al Tajo, a las vetas oscuras que partían el granito, a los remiendos de liquen y a las marcas de las barrenas.

Gatón consiguió alzarse, con una mano sobre la boca y la otra sobre el estómago, tembloroso, pálido.

—Este mediahostia dice que iban a joderte la vida —soltó el capitán.

Todas las cuadrillas miraban el espectáculo, pese a las protestas del Cinchas y el Cuñas, los hombres no querían perdérselo.

Nadie trabajaba.

Querían saber, porque ni siquiera tenían idea de quiénes eran los muertos. Sólo que se los habían encontrado allí, en el Tajo, la mañana anterior. Y que luego había aparecido Gatón, tras aquella piedra que llevaba buscando meses.

Y Gatón, pese a que ambos rostros eran un amasijo pulposo, sabía los nombres de los dos guiñapos.

Eran los hombres que le habían ordenado no cumplir las órdenes de Mateo en un figón en las orillas del Cabe, los dos que le habían amenazado para obligar a su amigo a fracasar.

—Lo siento...

Fue un murmullo, apenas audible, pegoteado de ácido y amargo, con regusto a vómito.

Se sentía culpable y Gatón miraba a su amigo con ojos suplicantes.

—Tenía que avisar...

Mateo lo miraba sin comprender.

—No puedes seguir así —continuó Gatón, debatiéndose entre la vergüenza y el deber—. Has ido demasiado lejos.

Terminó señalando a los dos muertos.

Eran Huges de Albi, conocido como maese Hugo, y el caballero de Santiago al que llamaban Yáñez.