Suseia (Camino de Santiago 2) VI
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VI

Todos tenían prisa.

Mateo quería volver a las obras. Los canteros querían seguir con su trabajo. Gatón esconderse bajo tierra. Y el Cuatrohostias que no se le escapara la oportunidad que llevaba esperando veinte años.

—¿Estás seguro de que son ellos?

Le costó al antiguo boyero volver a mirar hacia los cuerpos que señalaba el capitán.

Eran dos guiñapos sanguinolentos a los que el día esperando la caridad de una sepultura no había hecho ningún bien.

Gatón recordaba una ocasión en la que el crudo invierno había empujado a los lobos, hambrientos, a los valles.

Uno de sus compañeros, cuando veinte años atrás se dedicaba a llevar las piedras desde las canteras, hacía un penoso viaje, por el barro, el frío y la cojera de uno de sus bueyes, que había perdido una herradura y tenía una pezuña infectada.

Los lobos habían atacado. Y el resultado había sido una carga volcada, un buey espantado monte arriba, otro muerto a dentelladas y un boyero aplastado.

Además de los restos del buey, donde engordaban los cuervos, lo que se encontraron se parecía a lo que había allí, en uno de los escalones del Tajo.

Víctimas de un derrumbe, o lapidados por una muchedumbre furiosa.

—¿Estás seguro de que son ellos? —repitió el Cuatrohostias impaciente.

Uno de ellos tenía en la sien un boquete astillado por el que, entre la sangre, las guedejas pegoteadas y los trozos de hueso, se veían los sesos.

El otro tenía la boca tan maltrecha que los labios se hundían sin dientes en los que apoyarse.

Brazos y piernas, deslavazados, se empeñaban en ángulos imposibles.

El más alto, a quien la cota de malla no había servido de nada, tenía las dos manos a la espalda y una le asomaba en una burla extraña por encima de la coronilla.

No les quedaba un hueso sano.

Había en la piedra un pegote sanguinolento, Gatón no pudo evitar mirarlo. Un pegote que quería brillar. Una uña que había saltado como una simiente mojada.

Logró asentir, justo antes de que el Cuatrohostias repitiera por tercera vez la pregunta.

Y Gatón ya no escuchó al capitán dar la orden.

Subió por su garganta como una rata asustada por un canalón. Le explotó en la boca, ácido y amargo. Gatón no escuchó nada, no vio nada, intentaba contener el vómito.