Suseia (Camino de Santiago 2) V
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Tuvo que gritar para hacerse oír. El resto de las cuadrillas había empezado a trabajar y el repicar de los hierros era ensordecedor.

Había trabajos más jodidos que decidir la intendencia en el palacio.

—¡La puta! —soltó el Cuatrohostias al abandonar la pasarela y pisar la piedra.

Sus suelas intentaban agarrarse a la huella, rota y quebrada, por donde el granito había cedido semanas antes, al arrancar el bloque anterior.

—¿Ha habido algún derrumbe?

Sabía lo que había venido a encontrar y, aun así, el Cuatrohostias se sorprendió.

Los dos hermanos, el Cuñas y el Cinchas, suspiraron con desagrado.

La pregunta del capitán era una memez por más de un motivo.

Así que dejaron a un lado las lonas enceradas, que uno de sus aprendices recogió a la carrera, y se armaron de paciencia, o lo intentaron.

Porque lo que necesitaban era seguir trabajando, les pagaban por bloque entregado, no por palabras.

—No, no ha habido derrumbe, brotaron como hongos —contestó el Cuñas cargado de retranca—, lo raro es que a los hongos no les va este frío...

Y el Cinchas, que conocía la fama del Cuatrohostias, se apresuró a intervenir. Habló antes de que su hermano hubiera terminado.

—Se lo dijimos a Gatón. Aparecieron así. Estaban ahí cuando empezamos la jornada ayer. Rezamos dos paternóster y se dio aviso. Al momento.

El polvo de las barrenas se esparcía como niebla y el Cuatrohostias soltó un estornudo de caballo, se restregó los mocos en el guante que se había puesto para montar, con el frío las riendas podían ser una tortura, e intentó preguntar algo más. Pero los hermanos no le dejaron.

—Hace seis semanas que no hay derrumbes —apuntó el Cinchas—, sea lo que sea lo que les pasó a estos pobres, no fue aquí, los trajeron.

—Y no teníamos zorra idea de quiénes eran hasta que llegó Gatón —continuó el Cuñas.

Y Gatón, con ayuda de los aprendices, que tuvieron que dejar las lonas para echarle una mano y que salvase la altura, se encaramaba en ese preciso instante a la pasarela donde se habían apoyado los canteros para barrenar.

—Ellos no saben nada —dijo poniéndose en pie sobre las tablas, con la práctica de quien lo ha hecho a menudo—. Y fui yo el que pidió un voluntario para llevar palabra a Compostela.

Tenía ojeras y el rostro descompuesto. No había dormido. Y sus palabras habían sido un lamento. Como si pidiera perdón. Como si tuviera demasiado por lo que arrepentirse.

—¡No jodas ahora! —le espetó el Cuatrohostias—, hiciste bien.

Gatón, sin embargo, no parecía convencido. Tenía el rostro ceniciento y no se atrevió más que a echar un reojo hacia atrás, uno solo.

Junto a los caballos estaba la patrulla de los hombres del arzobispo. Tenían compañía.

Ido, cabizbajo. Al pie de una de las monturas, estaba también maese Mateo, cargado con grilletes.