Suseia (Camino de Santiago 2) IV
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IV

El granito tenía allí un tono más claro, de óxido viejo y relavado.

Y, todos, no sólo el Cinchas y el Cuñas, sabían que de allí no saldría un gran bloque, como también sabían que había que hacerlo igualmente.

Quizá la veta tenía sólo unos pocos pies, quizá apenas profundidad.

Y más abajo podía haber algo que mereciese la pena, algo de lo que saliese la recompensa.

En el Tajo se veían los trazos del andar de la piedra, entre las pecas de liquen y las manchas de la roca. La pared mostraba por donde podía partir, si el ojo del cantero sabía verlo.

Bajo uno de esos trazos estaba el escalón donde habían quedado los cuerpos.

Como puntadas de una enorme aguja, las barrenas trazaban con sus agujeros una línea que, si el Cuñas no se había equivocado, seguiría la veta natural por la que partiría limpia, sin tronzarse de través y arruinar el duro trabajo de días.

Y dos días antes habían terminado la jornada preparando en cada barrena el juego de cuñas de castaño.

Ahí seguían, en medio de toda la sangre. Junto a las dos lonas enceradas que habían salido de uno de los tenderetes y que tapaban a los muertos.