III
Las cuadrillas, de nueve hombres cada una, ésa era la costumbre en el Tajo, barrenaban la roca a base de sudor y hierro. Los más jóvenes sostenían los enormes punteros forjados y los hacían girar entre golpe y golpe de marra. Golpes que daban los veteranos, repartidos por parejas.
Los seis con experiencia, en tres pares, se subían a la loma del futuro bloque, con grandes marras de hasta una arroba, y los tres que empezaban a conocer el oficio se encargaban de ponerse debajo y rezar para que nadie fallase cuando caían los golpes, que eran como truenos.
Y tronaron, secos y duros, llenando el Tajo, antes de que el amanecer se convirtiese en mañana.
Las cuadrillas se habían repartido. Por culpa de los muertos, una de ellas había tenido que abandonar el trabajo previo y buscar otro lugar prometedor, pero ni al Cuñas ni al Cinchas les había dolido, sobraba granito donde deslomarse y de aquel tramo, agrietado,
con un tono arenoso que sugería piedra más blanda, hubieran salido bloques pequeños, restos para dovelas y tallas. Los peor pagados.
Los muertos les habían servido de excusa para atreverse con un parche gris recio, más uniforme, como un brochazo que, con suerte, rendiría un bloque sano de buenas proporciones.
Gatón, el boyero, había prometido una recompensa para la primera cantera, fuera cual fuera, que consiguiera un bloque para los dinteles de la nueva fachada.
Y, con un cincel plano, el Cuñas marcaba la línea de las barrenas para los próximos días, pensando ya en cuánto podrían sacar en limpio si acertaba, cuando aparecieron los caballos.
No pudo terminar su tarea, tenía que recibir a los visitantes.
—Así se pagan las buenas acciones, ¿quién le mandaría dar aviso? —dijo el Cuñas a su hermano cuando se alzó—. Teníamos que haber emborrachado a Gatón y asegurarnos de que olvidara del asunto.
Y el Cinchas renegó.
—¡Claro! Podíamos haberlos despachado en la maleza —soltó airado—. Muy cristiano habría sido, dejarlos para las alimañas... Gatón hizo lo que había que hacer.
En realidad, no había enfado. Eran hermanos, pero no había día que no discutieran.
—Deberías haberte hecho frade y no cantero...
—Vete a cagar.
—Eso sí que es cristiano. Que yo sepa, todo cristiano tiene que cagar de vez en cuando.
Ya bajaban de uno de los peldaños del Tajo y se dirigían hacia los visitantes.
Al primero que desmontó lo reconocieron enseguida.
El Cinchas, a quien le gustaban los dados casi tanto como la sidra, había pasado más de una noche durmiendo la mona en los calabozos que el arzobispo tenía en los antiguos establos del palacio.
—Mejor habría sido emborracharlo... Nos hubiera ahorrado tiempo —insistió el Cuñas con un suspiro—. Y problemas. Esto va a ser un mierdero. No sé de dónde, pero nos van a caer palos, seguro.
—Serás zoquete —soltó el Cinchas—, ¿Y si fueras tú? ¿Y si fuera yo uno de esos pobres desgraciados?
Miró a su hermano, que no contestaba, e hizo una pregunta más.
—¿No te hubiera gustado que alguien tuviera la cristiana caridad de dar aviso?
—Hombre, si fueras tú, es cierto, me hubiera gustado saberlo —reconoció el Cuñas rascándose el cogote con un ataque de sinceridad, pero volvió a las andadas enseguida—. Pero no caerá esa breva, me moriré escuchándote bisbisear tedeum en mi oreja.
El Cinchas se sacudió.
—¿Cómo puedes ser así de bruto? Deberías confesarte.
Y el Cuñas no se arredró.
—Prometo que lo haré —dijo con una sonrisa que era como el granito al que había dedicado su vida, dura y gris—. En cuanto repartan hogazas en lugar de hostias.