Suseia (Camino de Santiago 2) II
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II

En el Penedo, el monte había sido herido. El hombre enmendaba la obra del Creador.

El monte llevaba un mal corte de pelo, como si tuviera sarna y la enfermedad le estropeara las greñas.

El sotobosque, de tojos que querían echar las primeras flores, y de zarzas acogotadas por el invierno, se despelucaba en todas direcciones.

Y los árboles estaban tronchados. Con ramas rotas erizadas de astillas, brillantes de humedad helada.

Bajo ellos, entre la tierra y la grava, el tajo.

Así lo llamaban todos, el Tajo. Como si fuera una aldea, el pueblo de un primo. Allí se ganaban la vida.

Lo llamaban Tajo. El Tajo del Penedo. Y eso era. Un corte en el monte. Como si hubiera caído el hacha de un gigante, un hacha mal afilada.

El Tajo era una frontera entre naturaleza y hombre.

El bosque, desordenado, ordenado a su manera, se detenía de golpe.

Se rompía. Y daba paso en un precipicio que el Señor no había dejado allí tras el primer día de la Creación.

A los pies de los árboles rotos, sus raíces, como manos descarnadas saliendo de tumbas, colgaban sobre el vacío del Tajo.

Sobresalían de la capa de tierra, negra y fértil, en un vano intento de encontrar asiento, y se secaban y pudrían, comidas por la helada.

Bajo ellas la pared de granito.

Imponente. Gris profundo, como el océano encapotado. Poderoso. Una enorme bestia descansando para siempre. Hasta que los hombres jugueteaban con ella, entonces, en ocasiones, perdía la paciencia. Y se cobraba venganza.

La parte alta, justo bajo el manto de tierra, tenía pecas de óxido, fisuras por donde habían corrido las lluvias, viejas heridas que daban fe de tanto tiempo como llevaba allí. Más abajo se volvía coqueta, y más dura, casi imposible para las cuñas y los martillos.

Allí el Tajo tenía escalones, como una escalera para titanes griegos. Allí estaba el trabajo de los arxinas. Que le arrancaban al corazón de la Tierra sus joyas.

Había allí más de cincuenta canteros. Envueltos en cuero y lana, armados de hierro. Entre postes, andamios y puntales. Deambulando por pasarelas que se volvían laberintos.

Llevaban años allí. Tenía fama el Tajo de haber parido sillares en los tiempos del obispo Gelmírez.

Había tenderetes cubiertos de lonas enceradas.

Un galpón donde un zamorano recontrahecho, con tan mala leche que picaba el vino con mirarlo, se encargaba del rancho.

Otro con un herrero y su aprendiz, un toledano casado con una de Neda y doce hijos.

Había un barracón para los solteros que dormían allí mismo, pese al frío y la humedad.

Y puestos donde se repartían las cuadrillas. Y las órdenes.

En la cantera de Penedo, a unas leguas al noroeste de Compostela, mandaban dos hermanos: Cinchas y Cuñas. A uno le faltaban tres dedos de la mano izquierda al otro el pulgar de la derecha. Habían pagado el precio que la piedra exigía.