Piedra y maleza
I
Hubo suerte. Ese año, como veinte años atrás, la primavera se mostró tímida, o perezosa. Le dejó al invierno remolonear. Y el frío ayudó a espantar las moscas, y el tufo en el Penedo.
—No es cristiano —rezongó el Cinchas, y lo hizo santiguándose a toda prisa, en un gesto al que la costumbre había dado velocidad.
Y su compañero, que peinaba canas desde que gateaba, que llevaba allí tanto como para haberlo visto casi todo, miró hacia los bultos, se llevó las manos frente a la cara, dejó escapar su aliento en un intento por calentarlas y las frotó enérgicamente antes de volver a arrimarlas a la hoguera,
prendida con astillas, restos de cuñas y sobrantes de madera.
Finalmente, se encogió de hombros.
—No nos pagan para dar misa —repuso el Cuñas cachazudo.
Y, aunque fuera a regañadientes, con un último pase de las manos mutiladas sobre la fogata, ambos se dispusieron a empezar la jornada en la cantera.