Suseia (Camino de Santiago 2) XVII
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XVII

Armengol de Urgel valoraba demasiado su puesto como mayordomo.

Ni siquiera protestó. Se quitó las botas de fino cordobán, que costaban lo que un mayorazgo, se quitó la capa, que costaba lo que un condado, y se metió en el agua.

No consiguió disimular. Su rostro contraído y el color que le robó el río, de aguas frescas, incrementaron la sensación de que acababa de salir de la tumba.

El rey lo observó de reojo, sin dejar de prestar atención a las truchas que, aquí y allá, atrapaban a las cachipollas sin darles tiempo de volar.

Y le habló antes incluso de que llegase a su altura en la corriente, cuando el mayordomo aún no se había caído más que dos veces.

—¿Qué ha dicho el tuercebotas de mi primo?

Armengol, tembloroso, con aquella piel del color de la barriga de un pescado, intentaba mantener el equilibrio, sin mucho éxito. E hizo lo que pudo por disimular su malestar.

—Aceptará que vos llevéis la corona, pero exige, como rey de Castilla, ser él quien os arme caballero a vos.

El rey renegó, pero no perdió el buen talante, algo que había heredado de su padre.

—Ojalá sea cierto que los de Lara le buscan las cosquillas —suspiró con una sonrisa laxa—. ¡Ojalá! Siempre ha sido un cabrón, con más pintas que las truchas —dijo el rey Alfonso señalando al río.

Y, antes de continuar, le mostró al mayordomo el señuelo que tenía en la mano.

—Envuelto en plumas y sedas, pero con un arpón escondido —dijo el monarca, como si bastase para explicarse—. Quiere que le lama el culo a cambio de dejarme en paz...

No había mucho que decir, y Armengol estaba demasiado ocupado intentando que la corriente no lo derribase, él no tenía la fuerte constitución del monarca.

El rey miraba hacia la fortaleza del otero.

—Si mi padre no se lo hubiera gastado todo en coños y ladrillos.

Se quejó como del mal tiempo, con la resignación de saber que no tenía remedio.

—Por el momento —añadió con la boca de medio lado, a regañadientes—, tendré que dejarme encular, aunque ese mamón miente más que habla, veremos si cumple su palabra y deja en paz las tierras de León...

Quedó el discurso a medias, una trucha de buen porte, más de tres libras, abrió la bocaza a apenas cinco varas. Ascendió majestuosa y engulló al insecto con un glup que dejó bailando en la superficie del agua una burbuja.

No volvió a hablar el rey hasta que comenzó a maniobrar con la caña para ofrecerle una nueva comida a la pintona, una que, como había dicho, escondía un arpón entre sus lujos.

—Algún día se las haré pagar, lo juro, algún día se las haré pagar...

La artificial se posó en el agua, tres palmos por encima de donde la trucha aguardaba, y flotó corriente abajo.

Ya no había más de qué hablar y, sin quitar los ojos de la pesca, el rey le dijo al mayordomo que lo dejara tranquilo, pero el mayordomo carraspeó.

En ese momento la trucha se dejó engañar, dio dos coletazos, abrió la boca y se tragó el anzuelo vestido.

El rey levantó la vara para clavar y empezó la pelea. Salpicaduras, chapoteos carreras y la liña, tensa, combando la vara de avellano. A un extremo, el pez luchando por su vida, al otro, un hombre sonriente que, al menos en ese momento, no tenía corona.

Pero su mayordomo guardaba algo más en el tintero y, después de volver a carraspear, dejó caer lo que le perturbaba.

—Hemos recibido nos una epístola firmada por el obispo de Toledo y el de Braga.

Mucho más preocupado por vencer a la trucha, el rey gruñó. El pez, intentando salvar la vida, se había metido debajo de las verdes ovas. Y la liña se enredó en los largos tallos de las plantas.

—Ambos han decidido subir la oferta, confían en que vos devolveréis a Mérida su arzobispado.

Moviendo la vara de avellano a un lado, tratando con mimo la liña, temeroso de que partiera y perder la pieza, el rey contestó sin volverse.

—Son como urracas —gruñó—, lo que les jode es que Compostela brille más.

—Nos creemos que vos convendría, majestad. Que le convendría al reino.

Con una loca carrera, la liña siseó en el agua. La trucha había salido de su escondrijo y nadaba río abajo poseída por tres demonios. El rey tuvo que echar a correr tras ella, si se podía correr con el agua por las caderas y los pies enredados en las ovas.

—No chifles —espetó entre chapoteos—, que no eres músico. También te convendría a ti, que por algún lado habrás metido mano. No seas codicioso.

—¡Nos jamás nos atreveríamos!

Con un último coletazo, la trucha se desprendió del anzuelo. Y el rey, sin la tensión de la pelea, cayó al agua.

El mayordomo hizo ademán de ayudarlo, aunque hubiera sido inútil con sus brazos de anguila famélica.

Y el rey Alfonso no necesitaba ayuda, salió sacudiéndose como un perrillo, con la expresión radiante de quien comprende su derrota.

—¡Ojalá todos mis capitanes tuvieran los mismos cojones que esa trucha! —celebró señalando río abajo, por donde ya andaría el pez con un terrible dolor de muelas.

Chorreando, se volvió hacia su mayordomo.

—A mi padre le gustaba Compostela —dijo rotundo—, y a mí también.

La felicidad se fue apagando mientras recogía liña y traía el artificial a la mano.

—Si ese tal Mateo cumple y si el arzobispo Suero roba menos que sus predecesores, Compostela se merece ser el faro de León. Eso quería mi padre.

Volvió a mirar hacia la fortificación que coronaba el otero en la orilla del Cea.

—El viejo tenía sus cosas —añadió el rey—, pero solía acertar, y pienso beberme una jarra a su salud. Así que no jodas más con Compostela. Así lo quería él.

Rumió lo que acababa de decir y acabó por asentir para sí, convencido.

—Si cumplen, ya no se marea más la perdiz —y volvió a repetir—. Así lo quería el viejo.

Y le lanzó la caña al mayordomo, a quien se le hizo imposible reaccionar a tiempo. Cayó al agua, braceando, enredado en la larga vara y la liña.

Y mojado de pies a cabeza aumentó aquella sensación de bacalao desalado.

Boqueó, trastabilló, volvió a caer. Torpe. Cuando se puso en pie, el rey estampó algo en una de sus manos, con un empujón que casi lo mandó de nuevo a la corriente del río.

—Hay algunos como el cabrón de mi primo, que están todo el santo día pensando en cómo joder —dijo, vadeando ya hacia la orilla—, y los hay de peor calaña...

Y se volvió, sin terminar. Como si tuviera que darle la espalda a su mayordomo. La juventud no le había dejado enraizar la seguridad que un rey necesitaba de tanto en tanto.

Dio unos pasos más, levantando las rodillas, acostumbrado a vadear, y terminó lo que había empezado.

—Al hideputa de mi primo se le ve venir. Pero los hay de peor calaña, los hay que, además de ser cabrones, no vienen de frente. A ésos mi padre los llamaba cabrones retorcidos.

El mayordomo miró lo que el rey acababa de darle. Era aquel señuelo. En su pelea la trucha había conseguido desbaratar el anzuelo. Como un alambre viejo, estaba retorcido.

Ya a unas brazas de distancia, el rey sentenció el asunto. Se detuvo, balanceándose en la fuerza de la corriente. Era un tipo gallardo, las horas a caballo y con la lanza habían ensanchado los hombros, la túnica mojada drapeaba los músculos del pecho.

Y, quizá, por primera vez desde las atribuladas Cortes de León, a las que acudió cuando decían de él que sólo necesitaba afeitarse los domingos y fiestas de guardar, el rostro del joven rey fue el de un hombre, y no el de un muchacho.

—No jodas más.

Señaló a Armengol con la mano abierta, como si fuera a dar un sopapo.

—De momento me haces ganar más de lo que robas, por eso te aguanto, pero no tientes la suerte. Si ellos cumplen, yo cumpliré. Así lo hubiera querido mi padre.