Suseia (Camino de Santiago 2) XVI
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XVI

El río Cea serpenteaba entre álamos. Y los primeros calores, tímidos aún, habían hecho aflorar las ovas, que ondulaban de verde intenso en la corriente.

El día acompañaba, frío y crujiente, soleado. Y en la superficie del agua revoleteaban grandes cachipollas, alas frágiles que brillaban al mediodía y hacían por echarse a volar.

Derivaban río abajo e intentaban escapar del agua, a tiempo de evitar que alguna de las truchas, aposturadas en los canales entre las ovas, se elevase y las tragase de un bocado.

Y con una larga vara de avellano en las manos y el agua a la altura justa para privarle de presumir si bajaba los calzones, el rey Alfonso, el noveno de los que habían llevado la corona de León, observaba la escena con fascinación.

En el otero estaban las torres de Altafría, que levantara su padre, y la aldea, a la que llamaban Valderas los del lugar.

El rey esperaba noticias y, en tanto, intentaba agenciarse un almuerzo con las gordas truchas del Cea.

En la punta de la vara de avellano tenía un trenzado de crines de caballo y la liña terminaba en un anzuelo vestido con hilos, sedas y plumas.

Llevó la caña adelante y atrás, como si manejara un látigo. Y el señuelo, que pretendía parecerse a los esforzados bichos que apenas lograban escapar de los glotones peces, acabó por posarse en el agua, justo donde poco antes una de las truchas se había cebado.

La imitación derivó en la suave corriente, el rey contuvo la respiración, los nudillos en la vara blanquearon, había llegado el momento de la verdad.

Dos palmos, un palmo. Si la trucha se engañaba subiría desde medias aguas como una centella y se llevaría el anzuelo en la boca.

Tan pendiente estaba el rey que no se dio cuenta de la visita.

En la orilla, entre las tiendas y los hombres de su escolta, se armó revuelo cuando apareció una comitiva a caballo.

Santo y seña, advertencia de que el rey no quería ser molestado y dos gritos secos que, ahora sí, despistaron a su majestad.

No pudo evitarlo, miró hacia la orilla justo en el momento en el que la trucha se dejó engatusar por las plumas y el hilo.

Oyó la cebada, pero ya era tarde, el pez había tenido tiempo de sobra para comprobar que aquello no era comestible y, cuando reaccionó alzando la vara para clavar, sólo levantó gotas de agua.

Maldijo entre dientes.

Sólo pudo cobrarse venganza obligando al visitante a mojarse los huevos.

Cuando le hicieron señas de que traían noticias urgentes, el rey alzó una de las manos y la sacudió, para ordenar al mayordomo que se metiera en el agua y vadease hasta donde él se encontraba.