XV
—Xilón!
Las rodillas eran una tortura. La mano del bastón hacía tanta fuerza para conservar el equilibrio que Gundisalvo se hubiera caído de no ser porque llegó Juanchón para sujetarlo por un sobaco.
—Xilón!
El carboncillo se detuvo.
La mano derecha del maese estaba plagada de heridas. Tenía astillas clavadas.
—¡Maese! —se unió Juanchón.
Se atrevió incluso a sacudirlo. Con gentileza, con miedo a descoyuntarlo, porque Mateo parecía sujeto con clavos oxidados.
Cuando consiguió estirarse y ponerse en pie, al xebo se le escapó otro de aquellos cuescos que le fabricaban las ciruelas pasas.
Mateo pestañeó.
—Xilón. Que pintan morenas, ¡negras!
Mateo regresó. Poco a poco.
Juanchón intervino:
—Maese, estás sangrando.
Por primera vez, Mateo escuchó. Y siguió la dirección de la mirada del antiguo esportillero.
Cuando vio su mano, carcomida como si la hubiera metido un zarzal para sacudirlo con todas sus fuerzas, murmuró algo. Apenas audible.
—La Pasión. ¡La Pasión! Claro, hay que engadir la Pasión de Cristo...
Juanchón se atrevió a sacudirlo de nuevo, pero no sirvió de mucho.
—La columna donde fue azotado —balbució Mateo perdido en algún lugar lejano.
Y tras un suspiro apagado, la llama se reavivó. Volvió a hablar, lo gritó:
—¡La cruz, las espinas, la corona...!
Estaba más cerca, pero aún no había llegado a destino, sus ojos, uno de cada color, seguían velados. Se le había colado dentro la niebla helada de la noche.
Y el viejo Gundisalvo le dio la mano para que volviese al hogar.
—Los clavos, xilón, los clavos, la lanza, la jarra con vinagre.
Y como una flor en la nieve, de la barba cansada asomó una sonrisa.
Y sus ojos, uno de cada color, recobraron el color.
Uno con el color de una poza en la marea, con el azul del hielo nuevo, con el azul de los sueños perdidos en el horizonte.
El otro, negro, como el carbón, como el abismo, como las pesadillas. Y los centró en el viejo Gundisalvo.
—Xebo... Xebo! Lo tengo...
No era el momento de compartir los progresos de la obra.
—¡Virgen Santa! ¿Has dormido?, ¿has bebido algo?, ¿buscamos a un médico hebreo? ¿Cuánto llevas aquí? —preguntó Juanchón en una avalancha.
El maese volvió a parpadear, inseguro. Y pareció darse cuenta, comprender. Antes había mirado, ahora vio su mano herida. No contestó.
—¡Mi hijo!
Recogió los papeles. Mirada angustiada. Llena de prisa. Los ojos entornados, un soplido para apartar el cabello de los ojos y dos palmadas rápidas en la nuca.
Le pidió ayuda a Juanchón, y al xebo. Atrapaba sus diseños entre las manos, esparcía más sangre. Los recogía como si los sacase del fuego. Como si estuvieran ardiendo y tuviera que salvarlos.
—¡Marchó! —dijo entre jadeos.
Y seguía intentando abrazar a todos los profetas, los ángeles. Los evangelistas. Al mismo Cristo.
—¡He de encontrarlo yo!
No tenía tiempo Mateo.
—¡Tú te vienes conmigo!
La voz tronó en el almacén. Y detrás de la voz había un puñal desenfundado, el mismo que veinte años atrás había forzado la cerradura del antiguo maestro de obras.