XIV
El hijo del mercader de paños, el que había conseguido un trabajo en la guardia del arzobispo gracias al donativo de su padre a la catedral. Que tenía cuerpo de toro pero sesos de gusanejo de la manzana, se rascó el cogote.
Apretujados en el umbral, atosigados porque no daba para respirar, con su capitán echando humo, no tuvo el novato la mejor de las ocurrencias cuando abrió la boca.
—Pero...
Se rascó con más fuerza, como si le ayudase a pensar. Y retiró la mano del cogote para echarse los dedos a la cara y hacer las cuentas sin equivocarse.
Iban para vísperas, el día terminaba. Y, por lo que parecía, el maese se había pasado la noche y el día en el almacén de instrumentos de la catedral.
—No ha podido ser él —dijo al fin con una sonrisa complacida.
Con la ilusión de aportar algo, convencido de que ayudaba. Ni siquiera advirtió que el resto de sus compañeros de patrulla, todos, cerraron los ojos y se agacharon media pulgada, como críos esperando un pescozón.
El Cuatrohostias se volvió, y para hacerlo empujó a Juanchón, que acabó entrando en el almacén y pisando los dibujos. Al tiempo que el viejo Gundisalvo se agachaba, con crujir de sus viejas rodillas, junto a Mateo.
—¡Te voy a decir yo lo que no puede ser! —estalló el capitán—. ¡Me cago en todos tus muertos! Lo que no puede ser es que seas hijo de tu padre, ¡zoquete de los cojones! Tú te has caído de un puto guindo.
Y el Cuatrohostias hizo honor a su apodo con cuatro sopapos que a otro más enclenque lo hubieran dejado sin un solo diente.
—¡Imbécil de mierda! Envía recado, que no toquen a los muertos. Que los dejen donde están. ¡Ni un pelo!
Y las mejillas ardiendo hicieron comprender al novato que no venía a cuento preguntar si el mensajero llegaría antes de que anocheciera.
Reculó sin siquiera llevarse la mano con la que había echado las cuentas a la cara, aunque sentía que había metido las narices en un horno arrebatado, listo para cocer pan.
Se fue a cumplir con la orden, y el Cuatrohostias miró al resto de la patrulla.
—¡Ni una puta palabra! Al que abra la boca le corto los cojones y se los hago pisar.
Paseó su mirada por todos ellos. Sin prestar atención a Juanchón, que se acercaba a Mateo y al viejo, para ayudar a poner en pie al maestro de obras, empeñado en recoger los dibujos.
Mateo hablaba del Apocalipsis y de la Gloria de los cielos. Y del concierto de los ancianos.
El Cuatrohostias repitió la orden:
—¡Callados como putas!
Y en cuanto quedó convencido de que la amenaza surtiría efecto, se volvió de nuevo hacia el almacén. Renegó. Chistó. Trincó las muelas en un mordisco que le abultó la quijada y, sacudiendo el mentón con rabia, aguantó otro de aquellos estornudos de caballo.
—¡Tú te vienes conmigo!
Había desenfundado y el puñal señalaba hacia los tres canteros.
Uno de los dibujos de Mateo cayó de sus manos, demasiado atareadas. Como una hoja de otoño, se balanceó en el ambiente cargado y se posó en el suelo con un susurro.
Era Judas. Tenía que ser Judas, que se había ganado su sitio entre los condenados de la arcada derecha. Algún día le haría compañía al glotón incapaz de tragar por culpa de la sierpe que le atenazaba el cuello.
Judas, el traidor, con su bolsa de treinta monedas de plata. Comido por la culpa y el arrepentimiento.
Y Mateo lo había dibujado como sólo puede hacerlo el que dibuja lo que conoce.
Era Judas.
Ahorcado.