XIII
Conocía el lugar, por supuesto, era el maese, no lejos de allí estaba el tesoro de la catedral, del que sólo el maestro de obras y el arzobispo tenían llave, una estancia disimulada en las catacumbas de la catedral, quizá ya anteriores a la vieja basílica,
nadie sabía la historia de aquel lugar húmedo y oscuro.
Mateo había pasado por delante de aquel almacén cientos de veces, descolgando las llaves que llevaba al cuello. Una para la puerta, la otra para el cofre donde se guardaban los pagos semanales que enviaba el rey. Dos marcos. Lo suficiente para sufragar las obras.
Quizás había ido a comprobar si las arañas se habían hecho cargo del cofre.
Nunca lo explicó.
Pero estaba allí, en el almacén de los músicos.
El rostro de cera, profundas ojeras, la barba despuntando como rastrojos, labios llagados por la falta de alimento.
Y los ojos, uno de cada color, ardiendo.
Ansioso, impaciente. Incapaz de enjaular en sus dibujos cuanto veía.
Llegaba tarde. Muy tarde. Y se apuraba, los trazos volaban, las líneas eran cuchillas. Con urgencia. La sangre salpicaba.
Cristo. Resucitado.
Los evangelistas, como profetizara Ezequiel, como describía el Apocalipsis. Hombre, buey, león y águila.
La Gloria, como la había descrito san Juan. Atrapada con negros trazos. El Juicio Final. La Gloria enjaulada en la arcada de un pórtico.
Los veinticuatro ancianos del coro. Y sus instrumentos.
Y Mateo en el centro, junto a un cadáver hecho de cuerdas y astillas. Astillas manchadas de sangre.
Restos del organistro de su hijo. El hijo que había desaparecido. El organistro que había destrozado a golpes.
No se había llevado a su hijo. Se había llevado aquellos trozos inservibles, los había sujetado con fuerza y había pagado el precio. Las astillas le habían arruinado la mano derecha, en la que aún conservaba la cicatriz que le dejara una esquirla helada mientras los perros de Compostela ladraban.
Negro y rojo. Carbón y sangre. Y los instrumentos de los ancianos que san Juan había visto. Veinticuatro en veinticuatro tronos. En torno al mismo Dios celestial, entre ángeles.
Llevaba horas allí.
Horas en las que no había hecho otra cosa que diseñar su pórtico. Uno de los dibujos, uno que mantenía frente a él, mostraba las tres arcadas, y en el centro ya no había borrones, o desesperación.
Había Gloria.
Y en el centro del arco, sobre todos ellos, mirando el uno hacia el otro, dos músicos tocaban el organistro en una melodía que sólo Mateo escuchaba.
—¡Atan! Unen lo viejo y lo nuevo, xebo e xilón, hebreos de un lado, gentiles del otro... ¡Ellos los unen! Sobre las puertas...
No les hablaba a ellos, ni a la patrulla, ni a Juanchón, ni al viejo Gundisalvo.
Les hablaba a sus dibujos. A sus ideas. Señalaba y volvía a dibujar en una esquina limpia.
Tres trazos con un rostro. Otro instrumento.
Y cambiaba de papel. Pegotes de saliva reseca en las comisuras de los labios, sangre.
Gotas, manchas. Carboncillo. Se balanceaba adelante y atrás.
Juanchón se acordó de que no era la primera vez, y echó la vista hacia el altar mayor, donde estaban los restos del apóstol. Como si pudiera mirar aún más lejos, hacia los talleres, hacia donde estaba aquel Zebedeo sin acabar, en el puesto de Mateo.
El Cuatrohostias mascullaba entre dientes. Furioso.
El único que habló, sin embargo, fue el viejo Gundisalvo. Se abrió paso a codazos. Empujó con su bastón y entró en la habitación, que apestaba a rancio, a sudor, a miseria.
—Xilón?!