XII
—Me cago en el caballo blanco del profeta y en todas y cada una de las putas palmeras de Caldea.
Había entrado allí con la orden en los labios, pero la escena, para la que no estaba preparado, le había retorcido el discurso al Cuatrohostias.
—Yo salí tarde de refectorio —explicaba el frade Zonio—, y al no verlo donde se levantará el coro —señaló el tramo de la nave donde el propio maese había trazado ya la planta que se construiría—, que es donde solemos encontrarnos, imaginé que habría entrado a buscarme, pero, al abrir la puerta,
me topé con el padre, y no con el hijo.
La última frase pareció hacerle gracia, como una broma que sólo él pudiera entender. Y, de inmediato, su rostro reflejó algo parecido a la culpa, como si le pareciese mal aquello.
—Ya sabéis, hijos, san Isidoro —señaló al capitán—, el arrianismo, el padre y el hijo...
Nadie le hacía caso. Y aunque se lo hicieran no hubieran comprendido, ninguno de ellos daba una higa por la teología.
Además, era imposible hacerle caso, la escena tenía algo magnético.
Estaban apretados, en una peculiar procesión que abarrotaba el umbral del almacén. Olía a ajo, a cebolla, a cuero. A hierro y sudor rancio. Tanta humanidad que no se distinguía la cera y las maderas finas de los instrumentos.
Y todos intentaban mirar, asomándose, inclinándose. Mientras, el frade seguía hablando.
—Me preocupé enseguida —decía Zonio con una sombra de lástima, con el dejo en el que hablaría de un menesteroso—. Recé tres avemarías, intenté ofrecerle un poco de agua, pero no atiende a razones. Fue entonces cuando pensé que debía buscar a su hijo. Cavilé que él sabría qué hacer.
Había allí arpas, salterios, vihuelas. Laúdes y el organistro que tocaba el padre Zonio.
Era un tesoro de notas por sonar y melodías por escucharse.
Labrados, taraceas, molduras. Había allí una fortuna.
Unos colgados, otros apoyados, e incluso una mesa donde, con pulcritud, se dejaban pergaminos y papeles con las partituras.
Desde allí salían para aderezar la misa o para acompañar liturgias de ocasiones especiales, como la Natividad, o el último día del año, cuando se conmemoraba la traslación del cuerpo del apóstol de Judea a Compostela.
No era el sitio de un arxina.
Era lugar para los músicos, para cambiar cuerdas rotas, para afinar.
—Afinando —dijo de pronto maese Mateo—, estarán fingendo los instrumentos...
No le habló a ninguno de los visitantes, no le habló a nadie. Lo dijo para sí. Abstraído.
Perdido.
El suelo estaba lleno de dibujos, había allí una fortuna en papel, hasta podía ser que en carboncillo.
Gundisalvo, apoyado en el bastón, se reconoció a sí mismo en uno de ellos. Un anciano, sentado con gesto venerable, sujetaba un salterio sobre las rodillas y sus manos buscaban lugar sobre las cuerdas.
Trazos limpios.
Estaba allí el borracho de Sancho, el antiguo herrero de los talleres, con un arpa, a punto de echarse a hablar.
Apenas unas líneas que contaban una historia y mil vidas.
Y Cirilo, que había recuperado ambas manos y sujetaba una vihuela con una y el arco para tocarla en la otra.
Sin un solo borrón.
También estaba Cristo. Coronado, con las llagas de los clavos, juez y redentor. Rodeado de los evangelistas.
Y alguien más, en medio de cientos, miles de trazos.
Alguien que dibujaba con frenesí, que pasaba de un papel al siguiente, que miraba embobado los instrumentos y los atrapaba con cuatro líneas.
Alguien que copiaba cada detalle. Los puentes, las teclas, los arcos. Los ribetes, las orlas, los entalles.
Sin un solo borrón.
Envuelto en polvo negro. En el susurro de los papeles.
Maese Mateo. Y una de sus manos sangraba.