XI
Gundisalvo no sabía que existía un lugar así, tampoco Juanchón.
Ninguno de ellos lo sabía, tampoco los soldados del arzobispo, y menos el Cuatrohostias, que la única vez que hizo algo con aire musical fue justo antes de entrar, cuando se le escaparon dos estornudos con un intervalo de una octava justa.
No tenían por qué saberlo.
Y no hubieran pensado jamás en buscar allí al maese que, o se había encontrado aquel lugar, o ya sabía de él, como de todos los rincones de la catedral, a la que conocía como la cicatriz en la palma de su mano.
En las capillas que rodeaban la girola, más allá del altar mayor con los restos del apóstol, había dependencias dedicadas a sacristía, y también un almacén peculiar.
Allí se guardaban trastos, como las pértigas que usaban los alcaldes cuando los peregrinos se soliviantaban.
A veces, alrededor de la verja que guardaba el sepulcro del Zebedeo se desataban pasiones en las colas y unos verdugazos con las pértigas ayudaban a mantener el orden y respetar los turnos.
Además de las pértigas, allí guardaba los instrumentos el cabildo.
Y allí estaba maese Mateo.