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Gundisalvo y Juanchón se miraron cómplices.
Al viejo le bastaba dejar las arrugas en su sitio, pero el antiguo esportillero, con aquel rostro lampiño y franco, no consiguió disimular que la pregunta le había alborotado otra vez las tripas, se agarraba el vientre con tanta fuerza como si, con soltarlo, fuera a caerse por un despeñadero.
Toda Compostela buscaba al desaparecido.
Y se hizo cargo el capitán del arzobispo.
—Eminencia —dijo el Cuatrohostias con ronquera, evidenciando que lo suyo era el hierro y no la palabra—, en ésas andamos...
Tuvo que tragar para guardarse la blasfemia, como un eructo de mala digestión.
—... Por el maestro de obras estábamos preguntando nosotros hace un instante.
Llegó otro estornudo salvaje.
Y aunque buena parte de los mocos acabaron en el hábito del frade, Zonio sonrió otra de aquellas sonrisas que el propio Mateo hubiera querido para sus santos de piedra.
—Hijo, no recuerdo si fue el Viejo o el Joven —explicó el frade con un dejo de reproche a su propia memoria—, pero uno de los dos Plinios recomendó besar un ratón para sanar los catarros.
Sin embargo, creo que deberías acercarte a Antealtares para hablar con el hermano Gutierre, el herborista, te conviene poner atención a los asuntos de la salud...
Y, casi de inmediato, como un pensamiento de última hora, añadió algo más:
—... Y rezar, por supuesto, ponerte a bien con Dios, que es el único que puede sanar verdaderamente el alma, así como el cuerpo.
Y Zonio entregó otra de aquellas sonrisas de beato antes de continuar:
—Me he explicado mal, me temo, siempre se me ha dado mejor hacerme entender con mi música que con mis palabras —dijo con honestas disculpas—. Perdonadme.
Carraspeó, como afrontando un sermón delicado. Y les dio tiempo a todos de atravesarlo de parte a parte con miradas impacientes.
—No busco al maestro de obras...
Poco convencido, Zonio calló. Y decidió cambiar el hilo de su discurso, igual que hacía con su música, cuando retomaba la pieza desde el comienzo después de equivocarse en el cuarto compás.
—Hoy no se ha presentado para sus prácticas, y me he preocupado —incluso cuando frunció el ceño, mostrando que era sincero, continuó el frade rodeado de aquella aura de santidad—, el muchacho anda atribulado en los últimos tiempos y es una pena, está desperdiciando un talento único.
No he conocido a ninguno como él.
Al Cuatrohostias se le atragantaron las maldiciones, tartamudeó incluso:
—Pero ¿de qué diablos...? —Se pasó aquella mano sucia por el rostro—. Eminencia, si no buscáis a ese hijo de la grandísima...
Contuvo un estornudo. Y se rehízo como pudo, con los mocos colgando.
—Si no buscáis al maese... ¿A quién andáis buscando?
Con aires de tutor cachazudo, el frade Zonio respondió:
—Busco a su hijo, al joven Mateo.
Y pese a la congestión, y las narices enrojecidas, el rostro del Cuatrohostias se iluminó.
—¡Cagüen la puta! Estarán juntos esos dos cabronazos —exultante, volviéndose a la patrulla, como si las palabras del frade lo explicaran todo—. Le habrá ayudado, le tiene que haber ayudado...
Pero el frade se apresuró a alzar una mano, pequeña, sin callos, que se hacía rara allí, en medio de los talleres. Y meneó el índice en un gesto encantador.
—Me temo que eso es imposible —dijo Zonio como si lamentase profundamente hacer añicos las ilusiones del capitán—.
Siento decirlo, por lo que puedo intuir...
Bueno, no sé si sería la palabra adecuada, teniendo en cuenta lo que se ha escrito al respecto, no quisiera que discutiésemos ahora sobre axiomas o revelaciones, nunca he sido un buen teólogo...
Al Cuatrohostias le hervían los nervios, y no pudo contenerse.
—¿De qué demonios habláis? —soltó con la fuerza de uno de sus estornudos—, ¡¿cómo que es imposible?! Tienen que estar juntos, me cago en las babuchas de Mahoma, ¡tienen que estar juntos!
—Hijo, no vayas por ese camino —repuso Zonio condescendiente—, la ira no conduce a nada bueno, y casi nunca sirve de solución. Debes sosegarte, aprender del santo Job, que hizo de la paciencia virtud. Recuerda cómo Job le habló a Elihú...
—Eminencia —cortó el Cuatrohostias—, ahora mismo, con su perdón, a Job y a Elihú los puede encular el mismo demonio con los cuernos, uno para cada uno... Explíquese de una puta vez, ¿cómo que no están juntos?
Haciendo gala de la paciencia infinita que predicaba, el frade comprendió que no era momento de homilías.
—Discúlpame, hijo —el Cuatrohostias, oliendo el final pese a los mocos, incluso se inclinó hacia delante—. No pueden estar juntos. Precisamente por eso he venido a buscar al joven Mateo, porque yo acabo de estar con su padre...