Suseia (Camino de Santiago 2) IX
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IX

Jamás antes se había acercado a los talleres. No había tenido motivos para hacerlo. Y, por cómo pisaba, y por los ojos asustados, que miraban con temor hacia las enormes grúas, las macetas o los cinceles, como si cualquiera de ellos pudiera saltar y morderle, era evidente que no se sentía cómodo.

Zonio, el frade Zonio, miembro del cabildo, frade en Antealtares, era un auténtico hombre de Dios.

Llevaba la vocación pintada en el rostro, con una sonrisa beatífica que iluminaba su expresión. Tenía una cara que recordaba a una buena hogaza de pan, una que no estuviera cargada con hierro.

Se acercó con pequeños pasos, brillando la tonsura al sol de la tarde, cuidando de no pisar un solo charco y, de puro milagro llegó hasta el centro de los talleres, donde el puesto del maestro, sin mancharse con las tizas, las piedras o la cal.

Era hombre de intelecto y antes de inmiscuirse en la atareada escena que se topó, Zonio perdió unos instantes.

Los trazos de las monteas de los arcos en las pizarras del suelo lo cautivaron.

Era músico, conocía números, proporciones y geometrías.

Y repasó aquellos trazos, alzando los dedos incluso, buscando los tercios y quintos que definían cada dovela de aquellos arcos que pasaban de ser dibujos a catedral.

Inmaculado y radiante, con su rala barba y sus cabellos finos, allí plantado, entre los bloques y los recios arxinas, enteco y poca cosa, parecía un borrón en un pergamino nuevo.

Zonio dio un brinco cuando el capitán estornudó. Así abandonó sus aritméticas y recordó qué le había traído hasta allí.

En los ecos del salvaje estornudo, como nadie más habló, el frade aprovechó su oportunidad.

—Benditos seáis, gloria a Dios que está en los cielos —la voz, cantarina y dulce, estaba hecha para entonar una loa al Señor durante la misa, no para hacerse oír en los talleres—, alguno de vosotros, hermanos, ¿sería tan amable de hacerme un favor?

La expresión del Cuatrohostias al contenerse resultó dolorosa para los demás. Fue como verle en el intento de orinar un pedrusco atravesado en los riñones.

Pero resultó que se dio la vuelta con la furia de un animal rabioso y tuvo que tragársela de golpe al ver quién había preguntado.

—La Providencia te alcance pronto, hijo mío —le soltó el frade antes de que el Cuatrohostias se hubiera recompuesto—. Sé que sois todos hombres ocupados, alabáis al Altísimo con vuestro trabajo, pero, si fuerais tan amables, me temo que debo robaros unos instantes, apenas un paternóster.

Aquella sonrisa, que tenía algo de mariposa y mucho de infantil, desarmó incluso a los hombres de la patrulla. El viejo Gundisalvo hasta apretó las nalgas para dejar escapar silenciosamente el portentoso cuesco que había preparado para contestar a las preguntas del Cuatrohostias.

Y el frade, tras asentir, como para sí, haciendo que el sol que se escurría hacia poniente arrancase un aura de santidad a su tonsura, siguió hablando.

—Comprendo que no tenéis tiempo para lindezas —al escucharlo entraban urgencias por persignarse—, pero, sin ánimo de molestar —o echarse de rodillas y ponerse a rezar—, ¿sería alguno de vosotros tan amable de indicarme dónde podría encontrar a Mateo?